Legado de 100 años del Compañero Presidente

La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. 
Ésta es una etapa que será superada, éste es un momento duro y difícil. 
Es posible que nos aplasten, pero el mañana será del pueblo, 
será de los trabajadores. La humanidad avanza 
para la conquista de una vida mejor”.
Salvador Allende
(Discurso de despedida del 11 de septiembre de 1973,
horas antes de morir en La Moneda)

A cien años de su natalicio, el caso de Salvador Allende, como tantos otros, requiere la adopción de una postura a su legado, siempre subjetiva desde donde nos situemos o escribamos, sobre su vida, su ética, su coherencia y sobre ese otro “11 de septiembre”, el de 1973. En efecto, nadie puede, desde cualquier espacio en que nos ubiquemos, al menos desde mi creencia, salir indemne del tomar partido sobre lo sucedido al “Compañero Presidente”, aquel celoso cumplidor de la Constitución y de las vías pacificas, que prometiera salir del Palacio de La Moneda únicamente por la vía en que había llegado: por los votos del pueblo.
Como sabemos, el gobierno de este sereno y tenaz luchador de la paz, que alcanzaría a durar mil días, terminó abruptamente mediante un sangriento golpe de Estado, tres años antes del fin su mandato constitucional, perpetrado por el General Augusto Pinochet. Este fatídico golpe inició, lamentablemente, una dictadura que había de durar 17 años y cuya herencia hoy, aún después de haber recuperado la democracia, todavía corroe a ese hermano país.
Como dijo Benedetti, “Para matar al hombre de la paz (…) tuvieron que convertirse en pesadilla”. Porque el inicio de la Dictadura chilena y el caso de Allende, como el de las restantes Dictaduras de Latinoamérica, hecha luz respecto a los cuantiosos aportes de los Estados Unidos sobre los planes de sabotaje hacia los gobiernos democráticos americanos (a través de la CIA) y la barbarie cometida contra los derechos humanos de nuestros pueblos, su consecuencia.
Tal vez también el derrocamiento de Allende nos debería interrogar sobre la siniestra complicidad que, por temor u omisión, el pueblo suele tener con el poder coercitivo, todo lo cual nos comprometiera en abrir los ojos para que esto no sea así, más allá de los mensajes estridentes de nuestros políticos, los medios de (des)comunicación dadivados o la compra (y silencio) de voluntades.
Los que creemos en la indivisibilidad de los derechos humanos (esto es, en la admisión de que en todos los derechos – declarados – no deben establecerse jerarquías, lo cual implica una conclusión decisiva: dado que los derechos humanos forman un bloque compacto, quien quiere exigir un derecho debe estar en disposición de respetarlos todos sin distinciones), mas allá de las posturas políticas coincidentes o no, queremos tributar en el cumplimiento de su natalicio un sentido homenaje al hombre de la legalidad, al de la paz y al de la lucha política.
Como casi todos los grandes personajes, Salvador Allende estaba lleno de contradicciones que a nadie dejaban indiferente: para unos, entre los que me incluyo, representó la esperanza de una sociedad más justa, en un momento determinado por las circunstancias de guerra fría e intolerancias. Para otros, en cambio, encarnó el peligro del marxismo. Sin embargo, como mencione, si algo no podemos es ser indiferentes a su legado.
Descendiente de una familia de vascos, “Chicho” – tal como lo conocían en Chile desde pequeño – nació en Valparaíso el 26 de junio de 1908. Finalizó sus estudios secundarios en 1924 y, tras realizar el servicio militar, ingresó a la Universidad de Chile, donde se recibió de médico. En 1929 se inició en la política y llegó a ser vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile. En 1933, Allende participó en la fundación del Partido Socialista de Chile, en el que se mantuvo durante toda su vida. Dos años después, ingresó a la masonería, siguiendo los pasos de su abuelo y su padre. Fue sucesivamente Diputado, Ministro de Salud del gobierno de Pedro Aguirre Cerda y Senador desde 1945 hasta 1970, ejerciendo la presidencia de dicha cámara del Congreso entre 1966 y 1969.
Fue candidato a presidente en cuatro oportunidades. En las elecciones de 1952 obtuvo un magro resultado (5,4 por ciento de los votos). En 1958 alcanzó la segunda mayoría relativa (28,5 por ciento) tras el derechista Jorge Alessandri. En 1964 obtuvo un 38 por ciento de los votos, que no le permitieron superar a Eduardo Frei Montalva. Finalmente, en los comicios del 4 de setiembre de 1970, en una reñida elección entre tres candidatos, obtuvo la primera mayoría relativa de un 36,6 por ciento de los votos.
Allende resulta, pues, y sobre todo, un humanista, un "caballero" de la política, ejemplo del que muchos de nuestros gobernantes, esos que se llaman a sí mismos “progresistas”, debieran imitar en cuestiones de apego a la legalidad y a la construcción de consensos y procesos democratizadores. Como acabo de leer en una nota de un diario chileno, poco antes de su trágico final se dirigió por última vez al pueblo a través de Radio Magallanes, la única emisora que no estaba en manos de los sublevados. Su voz era tan pausada y firme, sus palabras tan precisas y proféticas, que esa despedida no pareció el postrer aliento de un hombre que iba a morir, sino el saludo digno de quien entraba para siempre en la historia. Desde aquí lo recordamos y esperamos que, cada vez más, y como dice el poeta, en momentos de especiales circunstancias en la patria de los argentinos, “descienda a nuestra ciudad su ejemplo”.

Publicado en "Prensa Libre", 30/06/2008

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