
Un 30 de octubre nació esta poesía de la tierra. En Orihuela, un pequeño pueblo del Levante español. Precisamente este 2010 se cumple un siglo de tu natalicio. Quizás porque prefiera recordarte en comienzos y no en tempranas muertes, quizás porque “tu alma sin fronteras” esparce de horizonte estos empeños de los presentes, es que escojo recordarte un 30 de octubre, tan caro a mi corazón, que un luctuoso 28 de marzo y de apenas 31 años. Y porque en definitiva recordar que Miguel Hernández desapareció en la oscuridad de las galeras franquistas, como dijo Neruda, “es un deber” para con los gigantes de esta tierra.
Hijo de campesinos y de privaciones, desempeñaste entre tantos oficios el de pastor de cabras. Se te conoce por ello como “el poeta pastor”, el de escritura sencilla y versos a la sombra de un árbol: el que se definía a si mismo como un autodidacta lector, nacido poeta, mientras cuidaba el rebaño. Eres el rimador de mi querida República española, que ofreció vida y juventud a las “dentelladas” de las garras fascistas.
En Argentina se inmortalizaron tus versos en voces catalanas y amigables como los de “Para la libertad” (sangro, lucho, pervivo), o “Nanas de la cebolla”, o “Umbrío por la Pena”. Aunque quien recorre tus estrofas (generosas y cautivas) adquiere dimensión de anchura y mirada de mañana, pese a tus cortos años de producción literaria. Si Ramón Sijé y los amigos de Orihuela te llevaron a su orientación clasicista, a la poesía religiosa y al teatro sacro, Neruda y Aleixandre ya en Madrid te inician en el surrealismo y te sugieren, con palabras o ejemplos, las formas poéticas revolucionarias y comprometidas, influyendo, sobre todo Neruda y Alberti, en la ideología social y política de tu joven poesía provinciana, porque “(c)antando espero a la muerte, que hay ruiseñores que cantan, encima de los fusiles, y en medio de las batallas”.
Como el mejor culto probablemente sea que tus versos adquieran vida por si mismos, me referiré a algunos (solo algunos) que me gustan cantidad. De Perito en Lunas (1933), su primer libro, es este poema primerizo: “Una querencia tengo por tu acento, una apetencia por tu compañía, y una dolencia de melancolía, por la ausencia del aire de tu viento”. De El rayo que no cesa (1934), su segundo libro, el “Me callaré, me apartaré si puedo, con mi constante pena, instante, plena, a donde ni has de oírme ni he de verte. Me voy, me voy, me voy, pero me quedo, pero me voy, desierto y sin arena: adiós, amor, adiós, hasta la muerte”. De su Viento del Pueblo (1936), la inmersión en la lírica comprometida, su “Sentado sobre los Muertos”, siempre instando:
“(…) Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.
Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles”.
Y tal vez uno de tus mejores poemas que leí, su “Elegía a Ramón Sijé”, escrito al amigo repentinamente muerto:
“Yo quiero ser llorando el hortelano,
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas,
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
(…) Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas,
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero”.
En lo personal, fuiste, sos y (supongo) serás mi poeta favorito, si uno puede decir que es justo optar por tantos y tantos iluminados de las letras. Quien me acerco a comprender poesía y vida, separación indisoluble de compromiso y acción. Por eso será que me salieron estas líneas sin pretensiones de alcance para tu figura, más allá de tu recuerdo y del porqué. Rimador de los ruiseñores, viento del pueblo, compañero del alma, de las almendras espumosas y de los olivares altivos, sin duda impregnaste a muchas generaciones que lucharon por la libertad, y a la tuya propia del sueño republicano de las trincheras.
Al estallar esa abominable Guerra (Civil), ese conflicto patente (si puede permitírseme tal simplificación) entre la representación del “bien” y el “mal”, del “derecho” y la “fuerza”, de las “libertades” y el “horror”, te alistaste sin dudar en el primer bando, el republicano, peleando en los frentes de Teruel (para que “en su sangre se envuelva la victoria”), Andalucía y Extremadura. Como te describiera alguien, no solamente entregaste toda tu persona al conflicto, sino también tu creación lírica, que usaste como arma de denuncia, como testimonio e instrumento de lucha, “entusiasta, silenciosa y desesperada”. En plena guerra lograste escapar brevemente a Orihuela para casarte un 9 de marzo de 1937 con tu eterna Josefina (Manresa). A los pocos días marchabas al frente de Jaén y escribías a tu amada la “Canción del Esposo Soldado”: “Para el hijo será la paz que estoy forjando. Y al fin en un océano de irremediables huesos, tu corazón y el mío naufragarán, quedando, una mujer y un hombre gastados por los besos”.

En tu Cancionero y Romancero de Ausencias (1937), y en tus últimos poemas, se refleja la amargura de las cárceles de Madrid, Ocaña y Alicante, donde tu ya indefenso organismo declaraba una "tuberculosis pulmonar aguda" que se extiende a ambos pulmones. Entre dolores, hemorragias agudas, golpes de tos, Miguel Hernández, el poeta pastor, se va consumiendo inexorablemente, extinguiéndose (apenas físicamente) un 28 de marzo de 1942, a los escasos 31 años de edad.
Dejaste tus poemas sueltos, dejaste apuestas a tu hijo (“Sangre mía, adelante, no retrocedas. La luz rueda en el mundo, mientras tú ruedas. Todo te mueve, universo de un cuerpo, dorado y leve. Herramienta es tu risa, luz que proclama, la victoria del trigo, sobre la grama. Ríe. Contigo, venceré siempre al tiempo, que es mi enemigo”). Dejaste escritos increíbles, ejemplos de compromisos, sinceras apuestas de libertad y justicia social.
Pero quizás sea en mi caso (y solo en él), cuando de vez en cuando releo tus Obras Completas, que hayas dejado condiciones de ejemplaridad y de años: el saberte inmenso y de corta edad, contradicción de sortilegios contra blasfemos y saberes que nos marcan “canchas y experiencias”, sin duda alguna acorta las batallas diarias que emprendemos, en la vida, cuando “las fieras acechan”. Y por ello, repetimos también hoy “Si no se pierde todo no se ha perdido nada”, volviendo a tu juramento (eterno) de la alegría.
Se cumplen 100 de tu nacimiento, que parece haber sido predestinado a sufrir, a flamear banderas contra atropellos. Nos queda tu intacta juventud, sin rendiciones, sin finales. Rayo que no cesa, como el viento del pueblo que tallaste con delicadeza e imperfección, con ardor y compromiso.
A tu majestad de juventudes y banderas, poeta de la tierra, evoco. Porque en lo que me queda de tiempo, sabre que “(c)on un sabor a todos los soles y los mares, España te recoge porque en ella realices, tu majestad de árbol que abarca un continente. A través de tus huesos irán los olivares, desplegando en la tierra sus más férreas raíces, abrazando a los hombres universal, fielmente”.
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