“Para ellos, nuestras historias son mitos,
nuestras doctrinas son leyendas,
nuestra ciencia es magia,
nuestras creencias son supersticiones,
nuestro arte es artesanía,
nuestros juegos, danzas y vestidos son folklore,
nuestro gobierno es anarquía,
nuestra lengua es dialecto,
nuestro amor es pecado y bajeza,
nuestro andar es arrastrarse,
nuestro tamaño es pequeño,
nuestro físico es feo,
nuestro modo es incomprensible.”
Subcomandante Marcos
nuestras doctrinas son leyendas,
nuestra ciencia es magia,
nuestras creencias son supersticiones,
nuestro arte es artesanía,
nuestros juegos, danzas y vestidos son folklore,
nuestro gobierno es anarquía,
nuestra lengua es dialecto,
nuestro amor es pecado y bajeza,
nuestro andar es arrastrarse,
nuestro tamaño es pequeño,
nuestro físico es feo,
nuestro modo es incomprensible.”
Subcomandante Marcos
La democracia es obediencia al único que tiene el poder, que es la comunidad política, el pueblo. Sin perjuicio del problema de arranque que tenemos en definir cuál es la comunidad política adecuada en proximidad y alcance, ligada a aspectos del derecho a decidir y de la libre determinación de los pueblos que motivan investigaciones separadas y amplias, resulta interesante observar la construcción filosófica de lo que los zapatistas mexicanos (aunque no sólo ellos) han llamado “el mandar obedeciendo”. Como sabemos, la aparición pública del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el 1º de enero de 1994, más allá de los acertados debates respecto a la vía pacifica (o violenta) del acceso al poder, comenzó a (re)plantear nuevas problemáticas ligadas no tanto a su aparición en sí (a paganismos de remera, rebeldía y revolución), sino más bien a aspectos (antes injustamente obviados) que hasta esos días comenzaron a ser tomadas en cuenta. La reflexión sobre la política electoral, sobre la multiculturalidad, sobre la diversidad, sobre el autogobierno de la vida colectiva, es decir, sobre las otredades que pueblan el mundo, cobraron mayor impulso desde esta aparición casi cuentista del movimiento zapatista, catalogado como iniciador de la lucha contra la globalización neoliberal (globalifobia). De hecho, el zapatismo (o neo-zapatismo) nos ayuda – como dice Pineda Ramírez – “a pensar al revés”, lo que nunca estimo malo. Es, en sus palabras, y en muchas formas, una revolución al revés (“Es un ejército que no usa sus armas. Son revolucionarios que hablan de amor. Son una forma de hacer política que no busca tomar el poder. Son unos indígenas pobres, no una vanguardia ilustrada cuyo programa, liderazgo y carisma haya que seguir ciegamente”). Ahora bien, lo que queremos destacar en esta entrada es el concepto de “mandar obedeciendo” como lección (y aporte) político del zapatismo al debate analizado en este artículo (o extracto de él) de Abraham A. Rasgado González, donde se pone de manifiesto que más importante que quien esté en el poder es que quien está en el poder, mande, pero mande obedeciendo, en contradicción con esa idea providencial y heroica de la toma del poder. Como refiere Pineda Ramírez, “El camino de la transformación o del derrumbe del capitalismo es una gran odisea, casi siempre encabezada por un héroe, llena de dolor y sufrimiento en donde al final del camino, la victoria, es decir, la toma del poder es la gran llegada, el gran día, el momento en que se bifurca la historia en dos grandes etapas. En un antes y en un después. A partir de ahí, y SOLO a partir de ahí, la historia y el hombre empezaban a cambiar. Es lo que Immanuel Wallerstein llama la estrategia de dos pasos: tomar el poder y después, y sólo después, cambiar al mundo. La estrategia de los movimientos de resistencia giraba alrededor de esta ruta. Era una estrategia digamos, estadocéntrica” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=3047). Esta fórmula de democracia formal y real básica pero auténticamente revolucionaria en el prisma de nuestra visión de mundo casi occidental significa también la subordinación del Estado a los pueblos. Implica una democratización cada vez más profunda y el correspondiente proceso de devolución progresiva de las funciones usurpadas por el Estado Nación a la sociedad misma. No hay que tomar el poder, sino construirlo. No hay que tomar el sistema por asalto, hay que (de)construirlo y en ese proceso experimentar, diseñar, soñar, un sistema alternativo. De nuevo, bien zapatista, es conocer e invitar a pensar, una idea al revés.
"El mandar obedeciendo zapatista como construcción de una categoría en Filosofía Política"- Abraham A. Rasgado González
LA DEFINICIÓN DE “PODER” EN LA FILOSOFÍA POLÍTICA MODERNA
Los zapatistas han mostrado una negatividad primordialmente: los indígenas son excluidos del acceso a una vida digna (esto es, no pueden satisfacer necesidades básicas como lo son la salud, el empleo, la comida, la educación, el derecho que tienen a vivir conforme a sus usos y costumbres). Pero, junto a los indígenas, han mostrado las exterioridades, las exclusiones que sufren las mujeres (recordemos que el EZLN promulgó una Ley Revolucionaria de Mujeres en vísperas del alzamiento), los homosexuales, las lesbianas (o lo que ellos llaman los otros amores), los obreros, los campesinos, los migrantes, de la totalidad hegemónica vigente. Para pensar estos temas, más que una filosofía de la libertad, se requiere de una filosofía de la liberación, ya que ésta indica una práctica, una acción a realizar, no un hecho consumado y sobre el cual habría que reflexionar ya superados los estadios de exclusión antes mencionados.
La filosofía política actual concibe, reduce, a la actividad política (y al poder, que finalmente es uno de sus objetivos) como la búsqueda de la dominación, como actos que se ejercen para imponer el dominio persuasivo o incluso coactivo a los otros. La Filosofía de la Liberación intenta demostrar que el poder, lo político, no se reduce a la dominación (aunque, es cierto, también pasa por aspectos de dominación), y que lo político va más allá. Max Weber dice:
Por dominación debe entenderse la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas dadas; por disciplina debe entenderse la probabilidad de encontrar obediencia para un mandato por parte de un conjunto de personas que, en virtud de actitudes arraigadas, sea pronta, simple y automática.
Weber requiere para la actividad política eficaz una comunidad política obediente, sometida pero en cuanto a los mandatos que pueda(n) emitir el (o los) que se arroga(n) el poder (es decir, pretende una actuación en bloque de los dominados para ser dominados). Esto es, este sociólogo alemán propone un pueblo en abstracto que únicamente se dedicará a someterse a lo que el poder decrete.
[…] el poder es voluntad consensual de la comunidad o el pueblo, que exige obediencia a la autoridad (en primer lugar). Weber ha invertido la cuestión. Es la institución la sede del poder como dominación que exige la obediencia de la sociedad.
Lo dice en otros términos en un texto diferente cuando enuncia:
Es además interesante que Weber incluye a su descripción de poder como dominación el hecho de “encontrar obediencia a un mandato de determinado contenido entre personas”. El “mandato” encuentra “obedientes”, es decir, “manda mandando”.
Otros autores coinciden con esta visión de Enrique Dussel, con su argumentación de por qué la teoría política “tradicional”, concibe de un modo invertido a la política y su ejercicio del poder:
Y mientras la política tradicional se basa en el principio de que unos, los pocos, y siempre de arriba mandan, y los otros, la inmensa mayoría de los de abajo, tienen que obedecer y acatar, la Otra Campaña se estructura en torno al profundo e inteligente oxymorón de que el que manda tiene que “mandar obedeciendo”. Porque a la inversa de esa política tradicional hoy en crisis en todo México y en todo el mundo, quien debe de mandar, según este oxymorón, es esa vasta base de la pirámide social, y los políticos de todo tipo tienen que obedecer ese mandato de la mayoría, es decir, tienen que gobernar y ejercer el mando político, pero obedeciendo a los intereses, la voluntad, las demandas y las disposiciones del pueblo.
Igualmente, un marxista eminente, como el hispano-mexicano Adolfo Sánchez Vázquez, toma en cuenta este fenómeno, cuando enuncia que la obediencia es un “acto consciente de un sujeto individual, independientemente de que la conciencia que se tenga de él sea mínima o máxima, recta o desviada, verdadera o falsa.” Me parece un tanto cuanto dudosa esa tesis, ya que la conciencia de los que deben obedecer “conscientemente”, puede estar enajenada por los que, “casualmente”, emiten tales mandatos. Entonces, no podemos dejar en un segundo plano la rectitud o desviación de la obediencia, como propone el maestro Sánchez Vázquez, ya que la obediencia no puede estudiarse sin tomar en cuenta los medios que se utilizan para hacerse obedecer.
Desde el principio mismo del planteamiento de la teoría política, se ha aceptado una premisa perniciosa de origen: “los que mandan, mandan mandando”. Los indígenas zapatistas de Chiapas dicen: “aquí el pueblo manda y el gobierno obedece”. Más que un slogan o enunciado resultado de una ocurrencia accidental, es una forma teórica y práctica de concebir a la actividad política. El mandar obedeciendo.
Ahora bien, diferentes teóricos de la política han caído en otras “falacias reductivas” (para seguir usando la terminología dusseliana), refiriéndose a la teoría política o a otros aspectos de la actividad política; esto es, lo político contiene en su subsistencia ontológica, diferentes momentos, y los filósofos políticos, toman en cuenta no la totalidad de lo político, sino a uno solo de sus momentos para caracterizar al todo, como pueden ser los siguientes que indicaremos de manera sumarísima.
El utilitarismo de J. S. Mill y J. Bentham, reduce todo al placer y el dolor, remitiéndolos al bien y al mal; que pueden estar presentes en lo político como necesariedad, pero nunca con carácter de suficiencia. N. Maquiavelo redujo lo político a acción estratégica solamente; Weber, también, como “razón instrumental”; C. Schmitt a la competencia amigo-enemigo, etcétera.
Lo que intenta la Filosofía de la Liberación, no creo sea sólo aglutinar esos momentos que sirven para “sustentar” las “falacias reductivas”, y a partir de ahí construir una conceptualización ecléctica, sino hacer una analítica existenciaria (del tipo heideggeriano) para entender lo que lo político es, pero criticando, de-struyendo y de-construyendo lo que las filosofías políticas europea y norteamericana han difundido.
LA POTENTIA, LA POTESTAS Y EL PODER FETICHIZADO
El poder político lo podemos entender en dos momentos (apartándonos, como ya indicamos párrafos anteriores, de la concepción de M. Weber, quien ve a este fenómeno como la sola dominación): la potentia y la potestas.
i) Potentia
Al primer momento le llamaremos potentia, que es el “poder que tiene la comunidad como una facultad o capacidad que le es inherente a un pueblo en tanto última instancia de la soberanía, de la autoridad, de la gobernabilidad, de lo político”. Aquí el poder está sólo en el nivel de lo racional, como entelequia, no manifestado en el mundo real; esto es una cuestión ontológica importante para la comprensión de esta categoría, puesto que aquí podemos situar, analógicamente, a la potestas como el “ser” en un sentido hegeliano, puesto que, dice este filósofo idealista alemán, el “ser” es lo absolutamente indeterminado, esto es, no tiene ningún contenido aún de Dasein, es la “nada”. Aunque es, no puede mostrarse realmente.
De la misma manera, debe entenderse que la potentia (el poder originario, in-escindido, in-determinado, referencia última en la construcción de todas las categorías, bajo pena de caer en fetichismo) de la comunidad política (origen y lugar de la regeneración de la potestas) es como el “ser”, el fundamento abismal de la política (de lo político, del campo político como político). Todo lo que se llame “político” tendrá que fundarse en última instancia en esta potentia. Pero, en cuanto tal, y si no fuera determinada de ninguna manera (es decir, heterogéneamente institucionalizada) permanecería “vacía”, como una “nada” política: pura potentia sin realización alguna, sin performatividad.
Aquí, según Dussel, no se ha materializado (aunque no usa ese término), no ha ascendido a lo concreto el poder originario que posee la comunidad política (o el pueblo). Dicha comunidad política, en este estadio ontológico del poder, estaría practicando o llevando a cabo una democracia directa, en donde las decisiones se tomarían por unanimidad, empíricamente imposible (aunque tal vez no sería tan “imposible” como el autor lo sostiene la democracia directa; podríamos ver los casos de las comunidades zapatistas o comunidades indígenas de Oaxaca, pero no es un tema para desarrollar en este ensayo), y por tanto, tiene que dar ese paso, esto es, tiene que realizar, objetivar ese poder que tiene pero sólo como potencia (para usar la categoría aristotélica) y llevarlo al acto.
ii) Potestas
Al comenzar a ascender y observar esa unidad ontológica del poder (la potentia), y señalar su imposibilidad empírica, se da lo que el autor de Filosofía de la Liberación denomina la “escisión ontológica”, esto es, al mostrar este poder originario unidad ontológica (un nivel sólo ideal, como categoría únicamente de carácter abstracto), comienza su desarticulación al ascender al grado de lo concreto:
La potentia, el poder político de la comunidad, se constituye como voluntad consensual instituyente: se da instituciones para que mediata, heterogénea, diferenciadamente pueda ejercerse el poder (la potestas de los que mandan) que desde abajo (la potentia) es el fundamento de tal ejercicio […].
Para que se materialice ese poder originario, tenemos que pasar al segundo momento, al cual Dussel denomina potestas, que es cuando se transita del momento fundacional (potentia) “a su constitución como poder organizado (potestas), comienza cuando la comunidad política [la cual posee originariamente el poder] se afirma a sí misma como poder instituyente […]. Decide darse una organización heterogénea de sus funciones para alcanzar fines diferenciados.”
Ya el poder que posee la comunidad de forma general y en abstracto, comienza a hacerse concreto, empieza a escalar. Comienza a darse instituciones, para poder cumplir funciones que satisfagan las necesidades colectivas de forma diferenciada: hay niveles, magnitudes, extensiones, etc., en donde esas instituciones actuarán, y aquí:
La in-determinación vacía (potentia) ha pasado a una determinación plena (potestas). En ese “pasaje” dialéctico estribarán todas las posibilidades de aciertos y actos de justicia política […], El poder institucional y delegado hace su aparición fenoménica: el poder óntico (a diferencia del poder ontológico: la potentia).
Lo ontológico y lo óntico, son una división en el estudio de la analítica existenciaria de Martin Heidegger. Lo ontológico es la preeminencia en la pregunta por el “ser”, la pregunta por el on-. Es la “disciplina filosófica que trata sobre el ser […]. En la pregunta ontológica, lo que se pregunta, del ‘ser’ es qué es ‘ser’, esto es, cuál es el sentido de este término.” Es la pregunta general sobre el ser. En este caso, el ser del poder, de la política, etcétera. Ahora, “[l]o propio de los entes y los conceptos y términos relativos a él son ‘ónticos’ […]. El ser mismo, concebido en cuanto ser de un ente, es óntico”. Es decir, lo óntico podrían ser los “existenciarios” que Heidegger maneja. “Esto es lo que Heidegger llama el análisis del ‘Ser-en como tal’ (In-Sein als colches) que apunta a la definición de los existenciarios.” Que alimentan al ente para poder realizar la analítica existenciaria, ya en un examen del fenómeno del poder, analizando al ente en su ser.
Pero para poder concretizar, para poder llevar a la potentia a la potestas, se necesita institucionalizar las funciones, y para esto, se requiere de una delegación del poder, y esto tiene que ver con la representación.
Cada miembro de la comunidad política, entonces, no entrega nunca al gobernante el poder. Solamente le delega su poder, debiendo siempre, continuamente, fiscalizarlo, juzgarlo y hasta recuperarlo cuando es necesario por la renovación del mandato o en caso extremo por la rebelión justa.
El poder, entonces, ya existe de por sí en la comunidad política: no se puede obtener, tomar, entregar, enajenar, etc. El poder, la comunidad, se la delega, se la encarga a sus representantes, a los que, a nombre de la comunidad política (el pueblo), cumplirá con el mandato para el que se le comisionó. El representante:
[E]s un actor político, un ciudadano indeterminado que ha sido elegido […] para cumplir una función política […], transformándose de mero sujeto en un actor político electo o nombrado con responsabilidad con respecto al elector […]. El actor de esa función ejerce la indicada cuota de poder diferenciado y delegado, pero no en tanto sujeto último del ejercicio del poder, sino en nombre de la totalidad de la comunidad política en esa función determinada, delegada.
Es decir, arribamos a la conclusión de que el poder lo tiene la comunidad (potentia, lo que es en potencia), pero de nada le sirve si no lo institucionaliza (potestas, es decir, cuando pasa de potencia a acto), si no lo convierte en una entidad efectiva, real, que incida en el desarrollo de la vida humana en comunidad, si no crea las instituciones para ejercer ese poder a través de los representantes políticos, que son depositarios del poder delegado. Una cosa es que exista ese poder (potentia) y otra que se ejerza (potestas).
iii) El poder fetichizado
Avanzando en el camino anunciado para analizar la eventual categoría filosófica que nos ocupa en este trabajo, ahora nos toca despejar su campo positivo para ver su forma negativa: el poder fetichizado. Esta categoría se constituye como la corrupción del poder obediencial.
La palabra fetiche, se deriva de “la forma portuguesa feitiço, mal pronunciada por los negros, se tomó el fr. fétiche, 1605, de donde fetiche, 1765-83; fetichismo, fetichista”. Esto es, adorar lo hecho por el hombre.
Esta forma de ejercicio del poder delegado corrompido, tiene que ver con el “envilecimiento subjetivo” del depositario de dicho poder delgado. Cuando accede a tomar decisiones a nombre de la comunidad política que lo eligió para ocupar ese ejercicio del poder alícuota, pierde de vista, distrae su mandato original, y
[E]l actor político […] cree poder afirmar a su propia subjetividad o a la institución en la que cumple alguna función (de allí que pueda denominarse “funcionario) […] como la sede o la fuente del poder político.
El ciudadano indeterminado que se transformó en actor político por haber sido elegido por la comunidad política para ejercer el poder delegado, como representante, toma decisiones pero a partir de su propia subjetividad, esto es, cuando para tomar esas decisiones, sólo se toma en cuenta a sí mismo como sede del poder (cree él ser en donde termina y de donde surge el poder), es decir, que siempre las decisiones que tome a nombre de la comunidad, la tomará a partir de lo que a sus intereses se ajusta.
El representante singular actúa a partir del “placer, el deseo, la pulsión sádica del ejercicio omnipotente del poder fetichizado sobre ciudadanos disciplinados y obedientes”, esto en la línea de Weber.
Este estadio corrompido del poder, abarca varios momentos, que son los siguientes: a) La primera forma de fetichización del poder consiste en una Voluntad-de-Poder que someterá a los demás, que verá a los otros siempre como “antagonistas”; b) como debilitamiento del poder político originario, es decir, es el menoscabo de la potentia por parte de la potestas; c) espera recompensas: por su ejercicio del poder, espera el enriquecimiento personal; d) las burocracias políticas exigen pleitesía a su autoridad; e) en el interior de las burocracias políticas, una lucha inmoral por “cuotas de poder”; f) la corrupción en los grupos populares, como es el corporativismo en búsqueda de intereses privados, y g) los pueblos enteros pueden corromperse cuando guardan silencio ante las injusticias que su gobierno comete contra otros pueblos o incluso contra su mismo pueblo.
No considero necesario que se den todos y cada uno, exhaustivamente, de los aspectos mencionados para suponer fetichizado al poder (o a un pueblo), como Wittgenstein enuncia en sus juegos del lenguaje, no es forzoso que se den los casos previstos para tomar como lenguaje a lo que esté falto de un elemento.
¿QUIÉN MANDA, QUIÉN OBEDECE EN LAS COMUNIDADES INDÍGENAS CHIAPANECAS? UN BREVÍSIMO ESTUDIO LINGÜÍSTICO-POLÍTICO
Para tratar sobre estos temas, tenemos que entender, por lo menos superficialmente, la estructura lingüística de cualquier pueblo, en este caso los indígenas chiapanecos. Tratemos de entender algunos temas de teoría lingüística.
La competencia lingüística, grosso modo, nos indica la capacidad innata que tiene el ser humano para poder hablar. Esto es, siguiendo a Noam Chomsky, se nos muestra que los seres humanos, de niños, no asimilamos el habla a base de un sistema de aprendizaje y repetición, sino que de nacimiento estamos capacitados, o somos competentes para ello; esto lo podemos hacer —siempre según Chomsky— porque los seres humanos tenemos un “órgano interno del habla” (no es un órgano específico, particular, sino es un conjunto de órganos humanos —como pueden ser, tal vez, la reunión de la lengua, la memoria, el oído, la mente— que nos permiten no aprender, sino desarrollar nuestra competencia lingüística).
Su gramática generativa es la teoría que demuestra que es posible la construcción de una infinita cantidad de relaciones sintácticas (oraciones) a partir de una cantidad finita, incluso un tanto reducida, de palabras. A esto Chomsky le llamó el problema de Descartes.
Los hablantes de una lengua, a partir del desarrollo de su competencia lingüística, entienden e interpretan su estar-en-el-mundo, desde las palabras-clave que su lengua les proporciona. Por ejemplo, en el idioma zapoteco de Tehuantepec (diidxazá), una palabra-clave es la palabra guenda, que corresponde a ser en castellano (diidxastiá).
La equivalencia más exacta en nuestro romance para este vocablo, en su primera acepción, es SER, que debe entenderse como sustantivo solamente, nunca como verbo, pues en zapoteco no hay verbo sustantivo. Éste “se suple con el pasivo que significa ser hecho, o por elipsis, esto es, callando la cópula de las proposiciones; v. gr. ‘yo bueno’ en lugar de ‘yo soy bueno’. El zapoteco aún tiene más medios para suplir el verbo sustantivo” (Fco. Pimentel, ‘Tratado de Filología Mexicana’, 1875). Ahora bien, esta palabra guenda no tiene derivados como lo tiene la palabra ser, su equivalente en este caso.
Expliquemos: en castellano sobre la base de la palabra ser se forma el plural: seres, para indicar las cosas que participan del ser. En zapoteco para expresar esto no se hace con una palabra derivada del vocablo guenda; sino echando mano de ciertas expresiones o modismos. En efecto. La frase castellana: ‘los seres’ tiene su equivalente en zapoteco en las siguientes expresiones muy inusitadas: ca lu, ca cuée, ca xpaa donde: lu, cuée, xpaa valen tanto como especie, parte o forma, y ca es la partícula que se antepone para hacer el plural. Por tanto la traducción literal de dichas frases zapotecas será: las especies, partes o formas (se sobreentiende del ser). En esta frase: ca lu guenda la referencia al ser está expresada y, traducida, dice: las especies del ser, las partes del ser o bien las formas del ser, y que viene a equivaler en romance a las frases corrientes: los seres, las cosas. La expresión: una cosa se dice en zapoteco: tobi lu, tobi cuée o tobi xpaa que literalmente significa: una especie, una parte o una forma del ser. La referencia al ser no se dice, sino se sobrentiende, aunque se podría decir expresamente y suena muy bien: tobi lu guenda, tobi cuée guenda o tobi xpaa guenda. Análogamente se procede con otras frases; a saber: muchas cosas (xtale lu o bien xtale lu guenda), todas las cosas (guiraa lu, guira lu guenda o bien guizaa lu). Esta última expresión zapoteca guizaa lu es una expresión muy técnica dentro de la terminología filosófica de los zapotecas. Literalmente se traduce: especies, formas o partes completas o mejor justas especies, formas o partes y que corresponde hemos dicho a las frases corrientes castellanas: todos los seres, todas las cosas, el universo.
[…]
Guenda es madre de todas las cosas: gola gozaana guizaa lu. Esta expresión: gola gozaana guizaa lu literalmente significa: gran parturienta de justas caras o también: gran parturienta de completas caras. Esta vez tradujimos la palabra lu por caras porque también significa eso y porque ‘las especies, partes o formas’ son como caras o aspectos del ser (guenda).
Esta palabra, que en un estudio de filosofía del lenguaje hecho en los años 50 por el filósofo zapoteco del Istmo de Tehuantepec, López y López, nos viene a significar el espíritu del diidxazá, (o zapoteco de Tehuantepec) lo que le da vida a los sustantivos en esta lengua: guendanabani (la vida), guendaguti (la muerte), biniguenda (que se traduce como: gente con arte, gente con vida, gente con ser), nos indica que su papel como prefijo o sufijo, da su ser a las palabras, les brinda una sustancia lingüística y ontológica.
Así, en la lengua maya (principalmente tomaremos en cuenta la variante tojolabal, la palabra de los ‘hombres verdaderos’) existen dichas palabras-clave a partir de las cuales estructuran su hablar y su cosmovisión, que, de todas formas, está contenida en su lenguaje. Los maya-tojolabales, constituyen su lengua a partir del –tik, que se traduce al español como ‘nosotros’. Esta es la palabra que, como el guenda en el zapoteco de Tehuantepec, da vida y estructura al tojolabal. Es una lengua, como la define Lenkersdorf, de carácter nosótrico.
Cada uno habla en nombre del NOSOTROS sin perder su individualidad, pero, a la par, cada uno se ha transformado en una voz nosótrica. Es decir, el NOSOTROS habla por la boca de cada uno de sus miembros.
Cuando se pone un poco de atención a las palabras de los zapatistas, se notará esta transformación. Los blancos que llegaron de la ciudad aprendieron a ser un nosotros. El EZLN aprendió ha hablar en lengua nosótrica:
Vuelve a ser de nosotros la palabra. Ya no serás tú, ahora eres nosotros.
Toma ya nuestra voz, nuestra mirada anda. Hazte oído nuestro para escuchar del otro la palabra. Ya no serás tú, ahora eres nosotros.
El nosotros ha tomado el lugar del yo. La comunidad habla por la voz de cada uno de sus miembros. Todos son uno y uno es el todos nosotros. Y si en su cosmovisión el nosotros es importante, en su cotidianidad y en su política son también de relevancia notable. Si un miembro de la comunidad comete delito, no sólo daña su individualidad, sino daña a la comunidad; la comunidad ha sufrido un menoscabo, y se le intentará castigarlo-readaptarlo de forma no-penalizada. Esto es, dejan de lado la “justicia” que el Estado imparte, y lo traen de nuevo a la comunidad para ponerlo a trabajar para reparar el daño, y exhibiéndolo a la censura del nosotros.
Pero, a nivel político, ¿quién manda?
Aquí se toma muy en cuenta la estructura de gobierno de las comunidades indígenas: las asambleas. En ellas, se toman decisiones que los que “mandan” sólo deben ejecutar. La comunidad política ha realizado una práctica consensual que únicamente el delegado del poder tendrá que llevar a cabo. Dicen los tojolabales: “nuestras autoridades son las personas que tienen su trabajo de responsabilidad por nosotros, porque nosotros los elegimos”. “A nuestras autoridades les dan órdenes” Y quien da las órdenes, es el nosotros. Los comuneros, los asambleístas, los pobladores, son los que controlan y ordenan a las autoridades, a los sujetos en los que recae el poder delegado. Son gobernantes-trabajadores, que no están ni arriba ni debajo de los demás, sino al mismo nivel, a lado de la comunidad política, del pueblo.
Las asambleas, muchas veces, parecen caóticas, anárquicas a los ojos de los occidentales, pues nadie da la palabra, todos hablan al mismo tiempo. Es un nosotros simultáneo. Poco a poco el nosotros comienza a encausarse y sobrevive la palabra nosótrica del que tiene una mejor solución al problema planteado. Y al final, todos toman consenso y lo que al principio parecía un caos, poco a poco se fue clarificando y de ahí surgió la palabra nosótrica de voz de uno.
¿Y quién obedece?
Y los que mandan, mandan obedeciendo esa palabra del nosotros.
Lógicamente deducimos que los que obedecen son los que han sido elegidos como delegados del poder. Los tojolabales tienen una palabra compuesta para su comunicación hablada. Los occidentales dicen: yo hablo. Ellos en la misma palabra dicen: yo-hablé-tú-escuchaste. No conciben el hablar sin el escuchar. Hablar al vacío para ellos no es hablar. Ellos le hablan al otro, que sabrá escuchar y luego hablar para ser escuchado. De aquí podemos partir para entender la obediencia.
Obediencia, viene del latín, ob, lo que tengo delante, audire, escuchar; el obediente, es el que escucha al Otro. Y ante la gran filosofía de la dominación de Hobbes, Locke, Hume, Hegel y hasta Habermas, y Weber ni hablar, que nos dicen que el poder político es dominación (y hasta por ahí Lenin lo dice en El Estado y la revolución es dominación), Evo Morales, el maestro Carlos, nos dicen: la democracia es obediencia al único que tiene el poder, que es la comunidad política, que es el pueblo. Ni el Estado es soberano ni la ley es soberana, ni las autoridades son autoridades; el único que tiene el poder, autoridad y es soberano, es el pueblo, y las demás son instituciones que se crean para el servicio del pueblo, y por lo tanto tienen que ser un poder obediencial. El presidente debe saber escuchar al pueblo que sufre y no en cambio llamar catastrofistas a los que están mostrando la realidad. Porque entonces se mueve en un mundo fetichizado, donde no obedecen para nada a la gente, porque no sabe escuchar, está en su mundo. Eso es la contradicción misma de lo que nos está diciendo Carlos.
Los gobernantes deben saber escuchar al Otro que es el nosotros. Escuchar a la comunidad política y sus decisiones, y a ellos sólo les corresponderá ejecutar esas decisiones.
EL PODER OBEDIENCIAL
Después de las consideraciones anteriores (la de-construcción del concepto de poder, su origen, su manifestación; su lado negativo; el estudio del mando y la obediencia en las prácticas políticas en las comunidades indígenas chiapanecas) podemos arribar a la propuesta de la categoría del poder obediencial.
Si lo negativo fue el “poder fetichizado”, su lado positivo es el “poder obediencial”. Es decir, es la actuación del representante de la comunidad política (elegido con un procedimiento previamente establecido), que ejercerá ese poder originario (potentia) ya institucionalizado en su actuar político (potestas), pero no afirmando su propia subjetividad a la hora de tomar las decisiones, ni creyéndose sede y fuente del poder político. Al contrario, es la ejecución de lo que la comunidad política (el pueblo) le ordena. Y, si lo queremos ver contrario sensu, podríamos decir que cuando los que ejercen el poder delegado interpelan a realizar una acción a la comunidad política, se podría decir que el pueblo se está obedeciendo a sí mismo, y no al delegado del poder.
Siempre, el delegado del poder, debe tomar en cuenta las necesidades, exigencias, reivindicaciones y necesidades de la comunidad.
El poder obediencial sería así el ejercicio delegado del poder de toda autoridad que cumple con la pretensión política de justicia; de otra manera, del político recto que puede aspirar al ejercicio del poder por tener la posición subjetiva necesaria para luchar en favor de la felicidad empíricamente posible de una comunidad política, de un pueblo.
Su finalidad es aumentar y reproducir en plenas condiciones para la mayoría la vida digna de la comunidad política, del pueblo. La voluntad originaria no es la voluntad de poder, sino la voluntad de vida colectiva.
Tomando el ejemplo del zapatismo, Evo Morales, primer presidente indígena de un país abrumadoramente indígena, la República Pluriétnica de Bolivia, practica o intenta practicar el poder obediencial:
El “poder obediencial” asume intuitivamente una concepción positiva del poder; como lo que señala Evo Morales: “servir al pueblo, no servirse del pueblo”. Servir significa entender sus necesidades, “como la Pachamama nos atiende, así debemos atender a nuestros hermano” […]; si hay una madre, entonces le debemos obediencia, obediencia extendida a toda la comunidad […]. Frente a ese poder [despótico, fetichizado] aparece el “poder obediencial”, como modo más racional de desarrollar una política con honesta pretensión de justicia.
El poder obediencial es un poder que hace clara la combinación potentia-potestas (para decirlo en términos chatos: está en su punto de cocción, ni completamente cocido ni completamente crudo), puesto que el pueblo, la sede originaria del poder, no ha delegado en forma total ese poder que debe usufructuar a su favor, pero tampoco lo tiene en el puro plano abstracto, sin institucionalizar: sí, lo institucionaliza, lo concreta, lo ejerce, pero es aquí que se ve más nítidamente aún su fuerza para mandatar a los que ha elegido para satisfacer sus necesidades, puesto que tampoco da oportunidad para que ese poder se fetichice, ya que ejerce un control férreo, una fiscalización efectiva que hace que el que ejerce delegadamente ese poder, esté en una caja de cristal elevada, que exhibe su actuar diario ante su comunidad.
Las JBG zapatistas, que son la forma de gobierno colegiado que se han echado a andar en el territorio autónomo rebelde chiapaneco, son juntas de tres o cinco personas (depende de la zona), que asumen funciones de representación y de enlace de dichas comunidades. Duran en su encargo 10 o 15 días (también depende de los usos de cada zona) y son renovadas sin excepción. Esto, según la dirigencia zapatista, se da para evitar la “profesionalización” de los políticos: que sería una forma elegante de decir que evitan la creación de una clase política fetichizada, corrompida. Las comunidades indígenas vigilan muy de cerca de sus autoridades: si se enriquecen, son removidos y castigados. Han puesto en marcha lo que las necesidades de las comunidades les han dictado: hospitales comunitarios, escuelas que no responden a los programas de estudios de la SEP, sino que construyen programas educativos acorde a sus necesidades. Muchas veces se considera a los indígenas sujetos a civilizar, a educar, a partir de lo que los citadinos o blancos o “estudiados” piensan que necesitan los indígenas, nos ofrecen su progreso, cuando el progreso que nos ofrecen es el que nos aleja cada vez más del “paraíso”. Ahora, ellos mismos toman en sus manos su futuro y deciden lo que son sus necesidades y sus formas de zanjarlas. Porque los que en las comunidades zapatistas mandan, mandan obedeciendo.
COMENTARIOS FINALES
El “poder obediencial” es puesto en práctica por las comunidades zapatistas, pues observan sus carencias, sus necesidades y escuchan la voz de sus comunidades para poder remediar esa situación. Este proyecto zapatistas no es una mera utopía, algo irrealizable. Y no es irrealizable por la sencilla razón de que lo están realizando en sus comunidades. Hay quienes dicen que no es válido sólo porque no podría aplicarse a todo el país, a todo el mundo, esa práctica de gobierno rebelde. Los zapatistas no buscan imponer sus formas de gobierno a todo el país ni al mundo; su lucha, alcanzo a entender, es más de fondo: es para que todos podamos decidir qué tipo de gobierno necesitamos. Que a ellos les funcione (por su pequeñas cantidades de población que se reúnen en torno a las JBG), no quiere decir que le funcionará a la Ciudad de México o a Monterrey, pero que esa forma de gobierno que funciona en las comunidades zapatistas no funcione en las grandes urbes, tampoco de ahí podemos inferir que no sea válida o que sea utópica o ingenua esa propuesta zapatista.
No es una utopía. Es más bien una alternativa que el EZLN nos está mostrando: el poder ya no podemos concebirlo como dominación, el poder lo tenemos que entender como servicio a la comunidad, a nuestra nación (llámese JBG o cabildo popular o como se llame). No podemos seguir pensando que a través de las concepciones occidentales vamos a encontrar la ruta para hallar un buen gobierno, menos a través de la democracia republicana que practica o simula practicar nuestro sistema actual. Ahora que el capital está desatado, ahora que está prescindiendo del Estado como mediador de sus decisiones, ahora que el Estado, para satisfacer al capital, es obediente hacia arriba e impositivo hacia abajo, es decir, ahora que estamos viendo la cara más represiva del Estado, es cuando hacen falta alternativas para rectificar el camino, o para construir uno nuevo si el actual ya no funciona. En este tenor, también los zapatistas proponen como alternativa la democracia republicana, un tipo de democracia ancestral, que la Conquista quiso aniquilar y no logró: la democracia comunitaria.
Tenemos que entender la idiosincrasia de cada pueblo, su cosmovisión, hasta su estructura lingüística para poder entender también la forma en que ellos mismos perfilan sus formas de gobierno y su forma de afrontar sus problemas comunitarios.
La lengua es muy importante. Juzgamos a partir de nuestra lengua, y no entendemos la lengua de los otros. Tenemos que hacer también un ejercicio de reflexividad lingüística, para entendernos y entender mejor a los otros: qué tipo de lenguas tienen, cómo entienden su mundo, cómo visualizan su mundo perfecto y sus males a partir de su palabra.
El lugar en el que se encuentran y conviven la teoría y la praxis, o en donde surge una filosofía de la praxis (como la llama el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez en su obra del mismo nombre) es el lugar buscado con ahínco por filósofos y activistas y por los pensadores activistas, que muchas veces las dos condiciones están reunidas en la misma persona o en el mismo movimiento social.
En México este supuesto se da en lo desplegado por el EZLN. Una exposición teórica y a la vez práctica de su visión actual de la situación y de su visión de cómo piensan que debe haber un mundo en donde quepan muchos mundos, es decir, un mundo otro en donde quepan todos los otros. Los zapatistas han comenzado con la construcción teórica y práctica de su “otro mundo posible”, acciones: la construcción importantísima para el futuro de nuestro país de las JBG, con la cual ponen en práctica la autonomía; teórica: los comunicados en donde se contienen estudios de la situación actual.
Un documento muy importante, aparte de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, es 7 piezas sueltas del rompecabezas mundial, en el cual se analiza y se documenta profundamente al sistema neoliberal: su forma de violencia dominante y dominadora; se comenta sobre el nuevo (des)orden mundial después de la Guerra Fría o la IV Guerra Mundial, como la llama el Subcomandante Marcos. Estamos, dice, en una guerra totalmente total, en donde el enemigo a vencer es la humanidad entera, en donde los nuevos campos de batalla son los centros financieros que devastan países en segundos con un teclazo de la computadora, en donde el dinero es más libre que las personas, estamos no en una aldea global, sino en una cárcel planetaria. Entonces, a partir de este diagnóstico, nos proponen alternativas, uno de ellos es “el poder obediencial”.
El “poder obediencial”, pues, lo he intentado construir filosóficamente con la ayuda de textos que ya han tomado en cuenta este tema. Creo que, si bien es imperfecto este trabajo, por lo menos me ha ayudado a entender un poco más de lo que el poder debe ser, que, a final de cuentas, es de lo que también se trata la Filosofía Política.
"El mandar obedeciendo zapatista como construcción de una categoría en Filosofía Política" - Abraham A. Rasgado González

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