Para Cuba, hoy, el único peligro no es el de
errar el camino en la incorporación del mercado sino también en de errarlo en
la salvación del socialismo. Palabras mencionadas por el sociólogo cubano
Aurelio Alonso, producida en el III Encuentro de Crítica e Investigación Joven
«Pensamos Cuba» (nora recomendado del mismo en La ventana de Casa de las
Américas disponible en http://www.medelu.org/Entrevista-al-sociologo-cubano).
Analiza interesantemente el domino de lo público en la
economía, de lo privado, de lo democrático y “de la austeridad en
condiciones de independencia a la austeridad dependiente, de la escasez con
esperanzas a la escasez desesperada”, como bien dice, sin la “vanidad de
creernos paradigmáticos, sino como un desafío”.
Creo que bien refiere al derecho a tener desafíos, porque
además Ernesto Guevara los marcó muy tenazmente en los comienzos de la historia
del proceso revolucionario de los sesenta del siglo XX, donde efectuara
críticas profundas y marcará una clara ruta revolucionaria de disenso. Es la
crítica, como venimos sosteniendo, la que nos hace ir mas allá. El pensamiento
crítico, no la crítica de mero reprender, detractar, negar. La
crítica que ilumina, la que contienen un modo de teorizar e investigar de manera original los
fenómenos de nuestras sociedades, los fenómenos políticos. Y como dice
brillantemente Alonso, Martí iluminó desde temprano el horizonte y
nos legó los instrumentos más agudos de la reflexión crítica, la resistencia
coherente y la fe en las ideas.
Cuba 2012: Los Desafios *
Aurelio Alonso
Muchas
gracias a ustedes por estar aquí. Muchas gracias a la Asociación Hermanos Saíz
por invitarme. Me hacen un honor. Pocas cosas aprecio tanto como esto: la
posibilidad de intercambiar con un grupo de jóvenes, sobre todo un grupo tan
importante como lo son ustedes en nuestro país y para nuestro futuro.
Para
definir desafíos
Al
formularme esta invitación, los compañeros que organizan el ciclo me pidieron
que hablara de desafíos, y desde entonces me pusieron a pensar en desafíos.
Comienzo por advertir que no voy a dirigirles una conferencia magistral, ni
esperen de mí respuestas acabadas. Les pido, además, que me escuchen con un
poco de paciencia. Con permiso de ustedes, voy a comenzar por descargar aquí
una agenda de provocaciones que tiene que ver con mi mirada al presente cubano
y con mi apreciación de los desafíos. No voy a hacer historia; quizás, o con
seguridad, en algunos momentos me tenga que remontar un poco, porque estos
cincuenta años son claves, pero la perspectiva histórica no centrará mi
presentación, sino la mirada al presente.
En
estos cincuenta años, en los cuales nuestros enemigos critican siempre el
inmovilismo cubano, en este país ha habido una dinámica social, política y
económica mucho más movida que en el resto del mundo que nos rodea.
Desgraciadamente, no siempre movida, o casi nunca movida a nuestro favor;
quiero decir, movida mayormente, con un acento muy fuerte, a través de
adversidades; las que nos han venido de afuera y las que nos han venido de
adentro. Pero si me detengo en el curso de esta historia no acabaríamos nunca
de llegar al tema de los desafíos de hoy. Solo subrayo que queda mucha tela por
donde cortar y mucho por decir y por escribir a pesar de lo que ya se ha venido
estudiando, discutiendo y escribiendo.
Cuando
hablamos de desafíos hay que entender que no nos referimos a resultados
históricos, logros o fracasos evaluados. No estamos hablando de una realidad
consumada: estamos hablando en presente, de propuestas, que son normalmente
propuestas de cambio y, en general, de lo que tenemos por delante; la inmovilidad
no es un desafío, salvo en circunstancias excepcionales, cuando la única
alternativa sea peor. En un sentido amplio, quedarte como estás y seguir
haciendo lo que hacías no implica desafío, como no sea el de la inmovilidad
misma; un contrasentido, porque ¿cuál puede ser el desafío de algo que no nos
rete, que no nos provoque, que no constituya un factor que movilice la
imaginación humana?
De modo
que al referirnos al «socialismo del siglo XXI» aludimos a un desafío, no a una
realidad histórica, pues de este siglo nos faltan cerca de ochenta y siete
años, y no podemos presumir que sean suficientes los trece vividos para arribar
a caracterizaciones precisas. Claro que no podemos saber hoy con precisión como
será el resultado. Se hace imprescindible operar en la esfera de las hipótesis,
a diferencia de la connotación de los conceptos de «socialismo soviético»,
«socialismo cubano», «socialismo real» o «socialismo del siglo XX», que usamos
con frecuencia, cuya connotación abarca una historia transcurrida.
Desafíos
en tiempo de revolución: los sesenta
Los
desafíos se dan en distintos tiempos. La historia cubana de los sesenta planteó
sus desafíos, y los que afrontamos hoy no son los de entonces, porque las
opciones, como se nos presentan hoy, no repiten las de los sesenta. Cada tiempo
tiene sus condicionamientos. No obstante, hay que reconocer que, en buena
medida, hay desafíos que se retienen, o se retorna a ellos, en tanto los
resultados se hayan visto frustrados. Hay aspectos de nuestra realidad en el
momento actual en los cuales el desarme de la economía y el estancamiento nos
lleva a un punto de desafío que nos acerca a los sesenta. Aun si la Cuba de
entonces y la del año 2000 son dos momentos claramente distintos de nuestra
sociedad. En los sesenta había tres mil médicos y hoy hay más de setenta mil;
el número de universitarios –no solamente de médicos– era muy bajo. El capital
profesional con que contaba el país era mínimo. Casi nunca recordamos lo
suficiente aquellas carencias al analizar nuestras limitaciones internas y, con
frecuencia, se lo cargamos todo al bloqueo. Hay que cargarle al bloqueo el daño
que el bloqueo nos ha causado, pero tenemos que aprender a cargarnos más a
nosotros mismos, la culpa de nuestras limitaciones y de nuestros errores, que
fueron y son muchos.
Los
sesenta fueron años maravillosos, pero los errores entonces también fueron
significativos. En este país no había economistas de carrera, no se formaban
economistas en la universidad antes de la Revolución y los que se hicieron
economistas eran normalmente abogados, o formados en otras carreras. Algunos
muy capaces, como Carlos Rafael Rodríguez, a quien la Revolución debe mucho, y
como Jacinto Torras, Raúl Cepero Bonilla, Oscar Pino Santos, Luis Álvarez Ron,
Raúl León Torras, Regino Boti, fallecidos ya todos. Tenían otra formación y
estudiaron y entendieron la economía. Llegaron a saber mucho de economía. El
Che no era economista, era médico y no le tocó dedicarse a la medicina. Pero se
reveló como una cabeza brillante que, en el breve lapso de cuatro o cinco años
de su vida, logró desarrollar la mirada cubana más lúcida y crítica del modelo
socialista del siglo XX, que al cabo fracasó. Miren si tenía razón en sus
prevenciones.
No me
atrevo a afirmar que tenía razón en sus propuestas económicas: puede que la
tuviera en unas y en otras no. Pero no se trata de volver a mirar al Che
pensando que las respuestas económicas de hoy las vamos a hallar en lo que él
proponía, ¡no! Se trata de comprender que tuvo la enorme lucidez de darse
cuenta de que aquel socialismo no funcionaba en clave socialista, y que estaba
llamado al fracaso, cuando nadie creía que estaba llamado al fracaso; ni el
resto de nuestra dirigencia. Seamos justos: no nos consta que el resto de
nuestros dirigentes estuvieran tan convencidos como él de que aquel modelo
estaba llamado al fracaso, porque nos involucramos y lo reconocimos como el
único válido, después que la zafra del setenta certificó la bancarrota
económica. En todo caso, estudiar al Che reviste, en Cuba, la mayor actualidad
porque su pensamiento es el único que, desde la Revolución Cubana, nos pudo
prevenir en cuanto a que el camino no debe ser el rescate del socialismo
delineado por el modelo soviético. Y para Cuba, hoy, el único peligro no es el
de errar el camino en la incorporación del mercado sino también en de errarlo
en la salvación del socialismo.
También
es cierto que difícilmente hubiéramos contado en los sesenta con todos los
elementos de la mirada retrospectiva, la cultura política y la madurez
suficiente para formular las críticas que hacemos ahora. Una cosa es criticar
con una visión histórica y otra es hacerlo al momento de asumir el desafío. Es
algo que no podemos perder de vista: no podemos tener una visión de las
opciones que tomamos hoy con la misma riqueza de elementos que las que
sometemos retrospectivamente a la crítica. Y debe ser de la agudeza crítica
sobre los fracasos y los errores cometidos por nosotros de donde partamos. Digo
nosotros, por esta, mi generación, y por otras que les anteceden a ustedes, e
incluyo especialmente a quienes han participado, de manera directa o indirecta,
en la responsabilidad de decidir.
Pienso
en ustedes, que van a tener que formar parte muy pronto de ese aparato
decisional, deben tener en cuenta cuando tomen decisiones, con nuevas opciones
ante nuevos cambios, nuevos pasos, un desafío, que no estarán realmente
haciéndolo a partir del panorama completo –no es posible–, pues la visión
completa solo se adquiere cuando las decisiones que fueron desafío en un
momento se convierten en éxito o en fracaso, para poner los extremos.
Normalmente nunca el éxito es absoluto ni el fracaso tampoco: la realidad
siempre se mueve entre el éxito y el fracaso, pero la virtud y el aporte que el
análisis del pasado nos puede hacer al presente es ponernos en condiciones de
acoplar los desafíos con la comprensión de nuestros fracasos y la capacidad de
ponderar con mesura nuestros éxitos. Con mesura y sin triunfalismo; no pensar
que esos éxitos lo son todo en nuestra historia. Nuestros éxitos están ahí,
pero no lo son todo; tenemos que aprender a evaluar también nuestros fracasos.
El llamado de Fidel Castro a «convertir el revés en victoria» ante el fracaso
de la emblemática zafra de 1970 se inspiraba precisamente en la comprensión de
que no hay fracaso absoluto y que se imponía darle la cara sin derrotismo.
A las
generaciones que vivimos los sesenta nos tocó afrontar el enorme desafío de
cambiar radicalmente, en un plazo muy corto, la sociedad capitalista
dependiente de la cual salimos, y eso no lo va a vivir a ninguna otra
generación en Cuba. Fue en esa turbulencia del cambio cuando parte de esa
generación también se opuso radicalmente al curso revolucionario, cuando cobró
forma en la contrarrevolución. Podemos afirmar que la contrarrevolución también
es un producto de la radicalidad revolucionaria, ante el cambio completo de un
sistema periférico de explotación capitalista para ordenarse como otro de
propiedad centralizada estatal (el cual identificamos como acumulación
socialista, según los cánones del siglo XX). En aquel desafío irrepetible de
demoler el sistema en que nos habíamos formado para hacer otro sistema distinto
mostramos una radicalidad extrema, que se rebelaba a unos dogmas tratando de
imponer otros, a veces de unos excesos que hoy nos alarmarían. Siempre
convencidos de que teníamos la razón. Y aun en las ocasiones en que no la
tuviéramos, aquella generación hizo cosas heroicas, que nunca podrán ser
erosionadas ni por sus errores más graves. Pero heroísmos y errores no entran
en el tema de hoy, que es el de los desafíos, y todavía no logro salir de la
parte introductoria.
Para
buscar los desafíos de hoy
La
cuestión sería, para mí, la de plantearnos una mirada realista de nuestros
desafíos actuales, que ya sabemos que no son los de los sesenta,
independientemente de cuánto veamos repetirse, por reiteración de opciones
frustradas o por efectos de retorno. Para aterrizar por completo en la realidad
cubana de hoy quisiera hacer tres observaciones que calificaría de
metodológicas:
La
primera tiene que ver con la relación entre lo universal y lo particular:
debemos diferenciar entre los desafíos propiamente cubanos y los que nos
plantea la opción socialista en el plano más general. No se trata de que nos
hallemos ante dos inventarios distintos, sino de la necesidad de tener en
cuenta que nuestros cambios no solo responden a fracasos domésticos, sino
también a fracasos sistémicos, atribuibles al modelo socialista, o para usar una
expresión que me satisface más que la de modelo, al experimento socialista del
siglo XX.
La
segunda observación se vincula a la necesidad de ponderar la presencia de los
factores externos y los internos cuando analizamos el socialismo como
propuesta, nuestro experimento, sus fracasos, sus logros, el laberinto
presente, y cuando volvemos a repensar proyectos y a diseñar salidas. La
búsqueda de una inserción en el sistema-mundo desde las condiciones de sitio
económico-financiero que nos imponen los Estados Unidos se han convertido, para
decirlo de algún modo, en el esqueleto sobre el cual Cuba tiene que generar el
cambio interior y la construcción de un socialismo sustentable.
El
corto y el largo plazo imponen también distinciones metodológicas, que incluyen
la diversidad, que nos obliga a hablar del desafío en sentido integral y de los
desafíos que supone, como inmediatos, el reto mayor. Se impone pensar en la
relación entre desafío y utopía, expresión extrema del largo plazo. Este
dimensionamiento temporal obliga a pensar igualmente en rectificaciones: no
todas las opciones que tomemos hoy serán las acertadas y hay que estar
preparado, previsoramente, para el revés y para la rectificación. Crítica y
rectificación son dos conceptos que merecerían unirse como una consigna, y
sobre todo como una práctica habitual.
Hechas
estas observaciones preliminares, me propongo aterrizar en lo que estimo es el
interés real de ustedes: cuáles son hoy nuestros desafíos como cubanos.
Comienzo por anotar que descarto considerar como alternativa, en términos
equivalentes, un desafío en sentido contrario: el que parte de plantearse que
lo que hay que hacer en Cuba es mercantilizar por completo la economía y poner
la política en manos de un régimen pluripartidista democrático. Dicho esto
queda claro que hablo pensando de desafíos del socialismo. Técnicamente, la
claudicación al proyecto socialista representaría la salida más fácil; ni
siquiera entraña la complejidad del diseño. Basta con poner a la sociedad
completa a merced de la privatización. Todo se subasta al mejor postor.
Venderíamos las plantas de níquel a quien esté en condiciones de comprarlas, e
igualmente los centrales azucareros, y la empresa eléctrica, y el Instituto de
Ingeniería Genética y Biotecnología, e igualmente todo lo que resulte rentable
o que el capital privado se sienta en condiciones de hacer rentable. La
sociedad, la de los hombres y mujeres de a pie, que se encarame en el carro del
mercado como pueda, y quede la población colocada atendiendo a la «supervivencia
del más apto». Se acude entonces al Fondo Monetario Internacional y los demás
árbitros de las finanzas mundiales y se pasa, de un tirón o de varios, por
mecanismos que funcionan solos, del dominio de lo público en la economía, al de
lo privado, y de la austeridad en condiciones de independencia a la austeridad
dependiente, de la escasez con esperanzas a la escasez desesperada.
Como se
experimentó en los sistemas de Europa del Este, y funcionó con rapidez, y
además con el beneplácito del mundo occidental. Y hasta se modelizó por la
academia norteamericana de los 90 como «transición democrática» ejemplar.
Aunque se pase por alto, claro está, que la economía soviética declinaba del
segundo lugar en la economía mundial al octavo o noveno que ocupa hoy Rusia.
Sigue siendo una economía grande, pero atravesó un lapso de decadencia
lamentable en el plano macroeconómico. Más lamentable aun, su recuperación se
produce sobre un reordenamiento distributivo interno considerablemente
desigual, con franjas de pobreza y desamparo propias de la lógica del capital.
Y con presiones tercermundizadoras desde los centros occidentales. Todavía más
lamentable, son reducidas las posibilidades de que una vocación rectificadora,
que parece renacer ahora, implique una recuperación plausible, y mucho menos
una reorientación estructural. En 1991 el sistema nacido de la revolución
bolchevique perdió para siempre la posibilidad de liderar la alternativa al
capitalismo mundial.
Este es
un proceso que nos afecta, no solo por la caída sufrida por la economía, sino
también porque nuestro desafío incluye definir, o descubrir, dónde y cómo nos
insertamos en el mundo.
Desafío
cubano – desafío del socialismo
Tenemos
entonces que pensar en desafíos cubanos y desafíos del socialismo, sin que se
trate, como dije antes, de dos inventarios separados. Debemos percatarnos de en
qué medida encaramos problemas, carencias, limitaciones, fracasos locales,
condicionados por nuestra situación de país periférico subdesarrollado urgido
de una articulación mundial, precario en recursos naturales, etc., y en qué
medida son desafíos que tocan al sistema que hizo crisis en el siglo XX, cuyos
defectos nosotros hemos reproducido, y que tiene que ser renovado. O sea, que
afrontamos cambios que no responden solamente a fracasos locales sino a
fracasos del modelo socialista; es decir, de la experiencia socialista del
siglo XX. Experimento que se cifró en una serie de equívocos, generados en su
mayoría en el estalinismo. No solo en el dogma estaliniano sino en el sistema
político institucional que Stalin estableció y los patrones de cultura política
que generó su conducción.
Recientemente
leí un largo ensayo sobre El capital que dedicaba sus doscientas primeras páginas
a la necesidad de salvar a Marx del marxismo. Pareciera a veces que los
economistas de la academia burguesa hubieran comprendido mejor a Marx que los
economistas marxistas, y que mucho de la comprensión y de la implantación del
esquema neoliberal haya tenido que ver con lo que Marx caracterizó como
«vocación universal» del capital; del predominio, en su destino, de la ganancia
a toda costa, anunciado desde el tomo I de El capital y que reitera en un plano
demostrativo en el tercero. Lo puesto en práctica finalmente desde la década de
los ochenta como modelo neoliberal: dejar que el capital se forme, crezca, se
empodere, caiga quien caiga y empobrezca quien empobrezca. Que se derrumbe la
humanidad si tiene que derrumbarse en aras de que la lógica de la ganancia siga
su proceso de acumulación. Ellos han aplicado con éxito lo que Marx denunció
como desgracia previsible, en tanto sus seguidores no hemos sido capaces de
encauzar sus propuestas de solución.
Por
nuestra parte, comencemos por no engañarnos cuando criticamos: no se trata de
que estemos frente al despropósito soviético visto desde la virtud cubana. En
primer lugar, nunca llegamos a arraigar del todo una lectura propia, crítica,
nacional, diferenciada, y orgánica del marxismo, aunque esta necesidad haya
estado tan impregnada, subyacente, en la mirada de los líderes, como para
frenar el dogma. La visión marxista dominante, la que se mostró incapaz de
sortear sus reveses, sirvió también para rechazar y castigar la herejía en
Cuba, y esa visión reaparece en cada contexto renovado. Podemos percibir,
incluso ahora, cómo nos movemos entre la reticencia con que nos lastra esa
visión restando audacia e ingenio en las medidas que se sabe que tenemos que
tomar; y al propio tiempo en el triunfalismo cuando se ha puesto de manifiesto
un avance.
Reitero
que nos hallamos ante un desafío cubano y, a la vez, un desafío del socialismo,
que nos toca completo si queremos que nos toque. Si queremos atrevernos; si
queremos tener incluso la audacia de pensar que podemos aportarle algo a la
concepción de un socialismo sustentable. No la vanidad de creernos
paradigmáticos, sino como un desafío. Y yo creo que tenemos derecho a aspirar a
ello, porque está el Che en los comienzos de nuestra historia reciente, que
hizo críticas profundas ya en los años sesenta, marcando una ruta
revolucionaria de disenso. Y porque Martí nos iluminó desde temprano el
horizonte y nos legó los instrumentos más agudos de la reflexión crítica, la
resistencia coherente y la fe en las ideas.
Sobre el
bloqueo
El
segundo aspecto metodológico a tener en cuenta es que los desafíos incluyen lo
externo y lo interno, que el país ha sufrido una política muy compleja de
exclusión, no solamente bloqueado económicamente durante medio siglo, sino que
hasta su manera de construir el socialismo se ha visto siempre bajo coyunturas
de presión externa. Me atrevo afirmar que lo que ha significado el bloqueo para
Cuba es distinto de lo que ha significado cualquier otro bloqueo económico en
la historia.
En el
preciso instante en que se pusieron esperanzas en la exploración de petróleo
off shore iniciada por la plataforma Scarabeo 9, las posibilidades de
resultados positivos también se nos presentaron como desafío. Es evidente que
una producción significativa de crudo inyectaría seguridad al proyecto de
desarrollo nacional, pero también incidiría en la política de Washington hacia
Cuba. Hasta ahora la contención de la variante militar de los halcones ha
contado con el dato de que invadir a Cuba no reportaba ningún beneficio
sensible, pero una producción importante de petróleo pone en la agenda dos
opciones: o proveer facilidades de negocio a las transnacionales petroleras,
flexibilizando el bloqueo, o implementar una coartada para una intervención
militar (e incluso la combinación de ambas, si no tenemos la ingenuidad de
pasar por alto la última década en el Oriente Medio). Apocalíptico, como puedo
parecer, hablo de un riesgo real, aunque me gustaría creer que la salida sería
buscada por la mejor vía.
Pero
también el éxito petrolero puede entrañar, al interior, el desafío del
triunfalismo: en la política cubana subsiste la idea de que el derrumbe
socialista del pasado siglo fue coyuntural, producto de una conspiración, o de
debilidades en la jefatura del Estado soviético de la época, y la reticencia a
reconocer un problema estructural en el modelo mismo. Ignoro hasta qué punto es
influyente esta visión. Probablemente sea cierto que el derrumbe pudo haberse
evitado, dado que la pérdida de competitividad en la economía de la Unión
Soviética no reportaba los sesgos de una crisis insalvable. Pero lo que la hizo
estallar fue la falta de democracia con la cual había sido construido el
sistema, por Stalin y por sus seguidores, incapaces de levantar un régimen de
participación comprometida de todo el pueblo en lugar de un poder elitista,
centrado en su autoridad, y en una deformación de las instituciones políticas.
El
desafío político: la democracia
Una
enseñanza que no debemos olvidar en nuestro proyecto: es el socialismo, y no el
capitalismo, el que no podrá existir sin democracia. El poder del capital
procura el sistema político que le sea más funcional, como lo demuestra el mapa
político del mundo. El desafío de la democracia es el desafío definitivo del
socialismo, que supone, para nosotros, un camino paralelo, o más bien
correlativo, de cambios. Lo que hundió al sistema soviético fue el fracaso
político, al no ser capaz de generar la institucionalidad ni la cultura
democrática socialista desde donde tenía que ser afrontado y resuelto el
retroceso de la economía y el anacronismo del «socialismo real».
El
componente esencial de participación, que el modelo liberal de democracia
representativa reduce al acontecimiento electoral, solo puede diseñarse y
ejercitarse como democracia socialista. Por eso no me canso de repetir que el
derrumbe del socialismo soviético se debió, sobre todo, al fracaso en generar
una cultura democrática participativa, sin la cual la institucionalidad
política se convierte en un andamiaje sin contenido. Poco significa hablar de
«propiedad de todo el pueblo», una entelequia que acaba por enmascarar el
dominio total del Estado y la desconexión completa de las masas del acceso a
las decisiones, cuando no existen dispositivos que aseguren una participación sistemática
efectiva.
Para
Cuba, en el espíritu que prevaleció desde los sesenta, la desigualdad social
fue condenada como anomia mayor, y se le hizo frente con medidas igualitarias
que aseguraron por la vía administrativa el pleno empleo, invirtieron las
proporciones entre la población rural y la urbana (despoblando el campo), y
redujeron sensiblemente la brecha en la distribución de los ingresos. Podríamos
calificarla como una política de igualdad subsidiada. Pero ni la propiedad
estatal ni la igualdad subsidiada aseguran el socialismo. Los ingresos más
altos llegaron a promediar cuatro veces los más bajos hacia los ochenta, lo
cual representaba uno de los indicadores de equidad más logrados en su tiempo.
Sin una formación ética madurada ni dispositivos de estimulación efectivos,
este logro social se tradujo en un proceso de desincentivación sistémica del
trabajo que desde entonces hasta nuestros días ha perdurado con diversas
manifestaciones. La introducción del concepto de «hombre nuevo» había sido, en
aquel escenario de los sesenta, un detonante ético para la utopía: el Che nos
proponía otro ideal humano frente al hombre del mundo real, y yo diría que este
ideal debe prevalecer en el horizonte de la cultura socialista.
Es
evidente, sin embargo, que la urgencia de soluciones económicas se ha hecho tan
apremiante en nuestro país que lleva al error de relegar la necesidad de la
transformación política. El desafío de la democracia socialista se hace mucho
menos visible en el VI Congreso del PCC, en la Conferencia del Partido y en el
programa de nuestras instituciones políticas, que el de la economía. Corremos
incluso el riesgo del espejismo de creer que con el petróleo –si apareciera en
abundancia– tendríamos asegurado el apuntalamiento de nuestro socialismo, sin
tocar otros resortes que los de seguir buscando la eficiencia económica.
El
hecho es que, en todo caso, tenemos que tratar de desarrollar el país y asumir
los cambios que tengamos que asumir, en una sociedad que va a seguir bloqueada.
Incluso el día que deje de estarlo, si es que llega a no estar bloqueada, va a
estar superdeterminada por la presencia de los Estados Unidos, que no dejará de
ser significativa. Noventa millas no solo significan peligros, podrían significar
también oportunidades: el mercado natural de Cuba está allí; allí habrá que
tratar de comprar y vender lo que, de lo contrario, tiene que comprarse y
venderse a miles de millas. Desde el punto de vista económico la distancia es
un mal negocio, pues los costos encarecen la inserción económica para nuestra
Isla.
La
rectificación en la legalidad
Un
tercer aspecto metodológico en los desafíos lo constituye la diferencia y la
relación entre el corto y el largo plazo: es decir, tenemos que reconocer en su
especificidad los desafíos a corto plazo, sin perder de vista el desafío
estratégico, que se nos plantea en el largo plazo. Los riesgos son de varios
géneros: confundir la naturaleza de los desafíos, confundir los plazos,
descuidar la conexión de unos con otros. La tendencia al cortoplacismo ha sido
tal vez la trampa más frecuente. Tampoco vamos a pensar que la mayoría de las
medidas que estamos tomando ahora van a ser medidas para siempre. Tenemos que
aprender a vivir en una dinámica de opciones, de asumir opciones ante los
desafíos que tenemos que plantearnos ahora, y la posibilidad de rectificar en
lo que hagamos cuando comprobemos las equivocaciones o los reveses. Y sobre
todo la posibilidad de rectificar estructuralmente, y también legalmente.
Subrayo la necesidad de dar forma legal a los cambios, porque en estos
cincuenta años no siempre ha habido una correspondencia entre las decisiones de
cambio y las modificaciones de legalidad que esos cambios suponen. Nuestra
legalidad puede ser muy caprichosa, porque ingeniar una legalidad
auténticamente socialista también es un reto. Existe una diferencia entre leyes
que legitiman la visión oficial y las que aseguran la justicia, la equidad y el
bien común de la sociedad.
En el
año 1992 hicimos una reforma constitucional seria, con un proceso deliberativo
y de amplia participación; tan seria que provocó una cantidad tal de cambios
mayores que nuestros dirigentes pusieron un tope al abanico propositivo.
Prevaleció la idea de que el cambio del 92, que era profundo, era suficiente
entonces. Era profundo en verdad, como cambio legal, constitucional; y se
argumentó que después podrían continuar haciéndose otros cambios y otras
reformas. En realidad no hubo más cambios fundamentales en la legalidad después
de 1992: ¿en veinte años no hubiera requerido la Constitución nuevos ajustes?
Solo hubo otra reforma constitucional para adoptar una palabra, la expresión de
un desideratum, una convicción retórica: que la revolución es irrevocable, como
respuesta a demandas puntuales no deseadas. Como si al convertir una convicción
en ley se le asegurara realidad; lo real no se materializa automáticamente al
aparecer en la Ley.
Nuestra
Constitución todavía tiene amparo para posibilidades de cambio estructural,
pero también contiene prescripciones que han sido pasadas por alto, y
normativas que ya son anacrónicas. Es de esperar que lo que se está haciendo a
partir del sexto Congreso del PCC conduzca también hacia una gran reforma
constitucional o hacia una Constitución nueva, pues el desafío a corto y a
largo plazo, en tanto incluye cambios estructurales, va a requerir
rectificaciones de la legalidad. Crítica y rectificación, repito, debiera ser
una base permanente de nuestro pensamiento revolucionario.
Lo que
tiene que ser cambiado
Comenzamos
esta presentación por recordar que el proyecto socialista cubano tiene
cincuenta años, y ahora destaco que de ese medio siglo cuenta ya veintidós años
sumido en una situación de crisis; lo que llamamos «período especial» ha
generado una sociedad en estado crítico crónico, con una serie de anomalías que
se han vuelto permanentes y hacen parte del escenario del desafío. Y los
desafíos no pueden obviar el escenario del cual parten. Nuestros dirigentes han
reconocido que «hay que cambiar todo lo que tiene que ser cambiado», pero
¿quién puede cuantificar lo que tiene que ser cambiado y cómo identificarlo?
Porque hasta donde alcanzo a ver, lo que tiene que ser cambiado no está
cuantificado ni muy bien identificado siquiera. No lo cuantificó ni lo identificó
el VI Congreso, el cual se limitó a asumir una dinámica de discusión de
lineamientos y lanzó (y yo lo creo un paso realmente importante) propuestas de
cambio en los lineamientos. Pero, ¡ojo!: ahí no figura todo lo que tiene que
ser cambiado. Además, sería iluso pensar que pudiera ser de otro modo. Ni el
Congreso, ni la Conferencia, ni el Pleno del Comité Central pueden ir más
lejos. No mucho más. No creo que un Congreso del Partido pueda definir en un
momento todo lo que tiene que ser cambiado.
«Lo que
tiene que ser cambiado» ha atravesado veintidós años de una sociedad de
anomalías, en estado crítico, pero además no se limita a esos años sino que
tiene que ver con toda nuestra historia socialista. Construimos nuestra
historia socialista desde los sesenta con modelos, instituciones, marcos
teóricos y concepciones que dominaban en los sesenta y que hoy podemos ponderar
en qué medida son parte de una mala versión del socialismo. Voy a limitarme a
citar dos concepciones como ejemplo: una, la de identificar socialización de la
economía con estatización de la economía; pensar que el socialismo estatal
define la radicalidad socialista en la economía y mientras mayor sea la
sujeción de la empresa al Estado, mejor, cualquiera que sea su talla. La
historia muestra que la empresa estatal no es la única socializada, y que la
organización unificada de la economía en manos del Estado no contribuye, por sí
misma, a consolidar la eficiencia de la economía socialista.
El otro
ejemplo que quiero aludir es el de la confusión de la idea leninista de
partido-vanguardia con la de partido-poder, la cual considero una construcción
claramente estalinista, amparada en la sombrilla teórica de Lenin. La temprana
muerte de Lenin permitió a Stalin implantar el principio que adoptó de
dirección política del Partido sobre el Estado, como instancia de poder. No
como la fuerza que forma, que educa, que le da cuadros, sino que manda y solo
puede ser obedecida (disciplina partidaria).
De
haber leído antes a Hobbes o a Maquiavelo algún delegado a un congreso del
Partido tendría que haberse preguntado cómo es que el Partido dirige al Estado.
O desde las notas sobre Maquiavelo, de Antonio Gramsci, para no salirnos de lo
más riguroso de la tradición marxista, preguntarse: ¿es que el partido está por
encima, y en consecuencia, fuera del Estado? ¿Puede existir algo fuera del
Estado? Si la respuesta es que lo dirige desde dentro, habría que identificar
al Partido como órgano supremo del Estado. Al final, el problema es que si
nuestro destino es que el Estado sea dirigido por el Partido, nuestro Estado
nunca va a ser un Estado democrático. Porque democrático no significa solamente
que se gobierne para el pueblo, sino por el pueblo. Y, de no ser así, se me
hace difícil entender que se pueda consumar como socialista. Puede ser más
justo, más equitativo, más soberano, más solidario, expresivo incluso de
atributos propios del socialismo, pero sin los mecanismos que aseguren al
pueblo una participación competente y efectiva en la toma de decisiones, es
decir, en el ejercicio del poder, no será socialista.
Es más,
considero que esta deformación histórica sobre la naturaleza de la conducción
partidaria, ingeniada por Stalin y mantenida por sus sucesores, está en el
centro del fracaso socialista. Podría equivocarme, no lo excluyo en un asunto
tan delicado. Pero a estas alturas no me quedan dudas de que Estado socialista
consolidado será el que haya logrado encontrar los mecanismos que hagan que el
poder emane efectivamente del pueblo, y no de un Buró Político, un Comité
Central o un Congreso. Un Estado en que pueda afirmarse que el pueblo decide y
el Partido –partido de vanguardia; ni formación electoral ni órgano de poder–
retiene y concentra la misión de preparar al pueblo para dirigir. De conducir
al pueblo –no por encima, sino como parte del pueblo; no en el sentido de dar
órdenes sino en el de ir delante–, capacitarlo, apoyarlo para que dirija el
Estado. Y que ese sea el tono que marque sus congresos, sus órganos y su
quehacer.
¿Cuál
modelo?
Lo que
afirmo se refiere a toda nuestra historia socialista y a la que nos antecede.
Nosotros tenemos que adoptar cambios, no simplemente para arreglar unas cosas
que se pusieron malas después que se cayó Moscú. Nuestro desafío va más allá;
nuestro desafío se orienta a cambiar componentes de toda nuestra historia
socialista.
Acudo a
otra frase de nuestros dirigentes, que se proponen «actualizar el modelo».
Personalmente estimo que si actualizar el modelo no implica abordar el desafío
del cambio con esta profundidad no habrá solución socialista. Si queremos
«actualizar» a fondo, creo que nosotros podemos, que Cuba puede, que las nuevas
generaciones pueden asumir la profundidad de los cambios. Creo que la realidad
cubana lo admite, que la conciencia nacional lo admite, que la formación de
nuestros jóvenes los prepara para eso; creo que la ética revolucionaria, a
pesar de más de dos décadas confrontando situaciones críticas, se mantiene.
Aunque no sea el mismo el consenso en esta etapa que el de los sesenta, que estaba
motivado por un heroísmo temprano de lucha contra la vieja sociedad. A pesar de
todo eso, pienso que en muchos aspectos puede ser más fuerte hoy que en aquel
entonces. Y que nuestra sociedad tiene la posibilidad de asumir ese desafío, de
ensayar ese desafío. Y la necesidad, diría yo, pero ya eso sería otro tema.
Por eso
me resisto a admitir que exista en Cuba, en el momento actual, un modelo
socialista; percibo en las esferas de conducción un lastre conformista y una
inclinación triunfalista, excesivos ambos. Pienso que los cubanos nos
encontramos envueltos en un proceso transicional desde una economía muy
desordenada, con rasgos estructurales dominantes del modelo socialista
soviético, con un índice de riesgos enorme, externos e internos, y con una
mezcla de perspectivas complejas y de virtudes explicables solamente en el
contexto cubano. Pero todo esto dentro de una transición socialista, ahora
hacia un socialismo que pueda sostenerse dentro de las adversidades y los
reveses. Diría también que no reconozco la consecución segura del modelo
socialista que Marx buscaba en ninguna latitud, ni en los saldos del siglo
pasado ni en el momento actual. Ni en China, ni en Viet Nam, ni en Corea del
Norte donde, como en Cuba, reconocerse como socialista responde más bien a una
orientación que a la adopción de un modelo.
En
transición
La
palabra que con mayor precisión define lo que existe en Cuba hoy no es
bienvenida en las esferas políticas, pero es la que considero acertada y no
puedo dejar de usarla. Lo que existe en Cuba es un proceso de transición.
Estimo que caemos en un pecado, una debilidad muy fuerte, al dejar que el
enemigo nos manipule los conceptos. Durante muchos años el concepto de
«transición» era un pecado para el capitalismo porque era el concepto que había
introducido Marx, en su crítica al programa del Partido Socialdemócrata Alemán,
con la intención de hacer entender a sus compatriotas que esa creencia de que
podían remontar el capitalismo y hacer la sociedad nueva de golpe, no
funcionaba. Introduce así la teoría de las dos etapas, caracterizando como
transición a la inicial. Para Lenin, que afronta el desafío de la revolución
socialista en el «eslabón más débil» de las potencias de su época, donde el 95%
de la población eran campesinos que roturaban la tierra todavía con el arado de
madera, se hace necesario introducir una nueva variante, más compleja y difícil
de la idea de la transición. Todas estas respuestas que dieron lugar a una
teoría socialista de la transición fueron polémicas y geniales y tienen un
valor permanente. «Transición» es un concepto decisivo para la teoría y la
praxis del socialismo y no un engendro de los defensores del carril neoliberal.
Si las
estrategias de transición que siguieron en el experimento soviético fueron
brutales y reportaron las deformaciones que lo hicieron desintegrarse (al
margen de que lograran desarrollar al país de los mujik en la segunda potencia
mundial), no implica que haya perdido el sentido. Si la politología
norteamericana y euroccidental se apropió del concepto de transición para
identificar el tránsito de los sistemas de Europa del Este al capitalismo, no
es motivo suficiente para regalarlo. Es tan universal como concepto que admite
muchos usos legítimos: transición del capitalismo al socialismo, del socialismo
al capitalismo, de una modalidad de socialismo a otra; transiciones
socioeconómicas, transiciones políticas y otros usos más específicos.
Entonces,
nosotros estamos en una transición: una etapa nueva dentro de nuestra
transición socialista; no en una transición al capitalismo; no como las
transiciones vividas en Europa del Este. En esta transición hay rescate
económico, ideológico, político, sociológico, permanentes, que no se han desarrollado
aún. Estamos buscando el camino– seguimos buscándolo, nos está costando mucho
trabajo encontrarlo– de un socialismo fracasado, de un modelo de socialismo
fracasado, a un modelo de socialismo viable. Tenemos que encontrar un modelo de
socialismo viable, sustentable, realizable. Un camino en el cual tenemos que
aprender muchas cosas. Todavía nosotros no hemos superado suficientemente los
criterios de desarrollo que el socialismo del siglo xx nos impuso.
En Cuba
vivimos hoy un dilema; pienso que lo vive nuestra clase política, lo vive la
academia, lo vivimos nosotros, lo tienen por delante ustedes, lo tiene por
delante la juventud: un dilema entre la conciencia de una urgencia de cambio,
la conciencia de una urgencia de encontrar en estos cambios el camino de
nuestra transición hacia un sistema socialista viable y, por otra parte, el
freno de la incertidumbre, de la cautela, de la duda, del letargo de la audacia
revolucionaria impuesto por el rezago del dogma del socialismo del siglo xx
como el modelo a buscar en el plano estratégico. Acompañado de la sensación
subcutánea de que cuando se abra un poco a la iniciativa privada se va a
derrumbar el sistema: el tema de la sospecha inmanente que va frenando y
frenando. Y me aventuro a decirles que esto no es solamente una opinión, esto
es lo que pasa.
Recapitulemos:
después que las reformas de los noventa mostraron efectos de nivelación frente
a la caída, pasamos el resto de esa década estancados. Ahora el cambio
económico se nos presenta como una urgencia. Yo pienso que esto hay que
encararlo, los desafíos de este cambio socialista hay que encararlos, en primer
lugar, desde el punto de vista económico, que nosotros mismos lo hemos vuelto
más urgente, y desde el punto de vista político –institucional y cultural– con
pasos orientados al mediano y al largo plazo. Nuestras instituciones tendrían
que proporcionar, mejor que la Asamblea Nacional, las asambleas provinciales y
las municipales, el dispositivo de participación popular en la toma de
decisiones. Cuando hablo de una cultura democrática, de participación, quiero
decir una cultura de rendición de cuentas, efectiva y a todos los niveles. El
idioma inglés tiene una palabra para llamar a este principio, la cual no tiene
equivalente en español: accountability. Es una pena que las Academias de la
Lengua no se hayan propuesto buscar un equivalente en lugar de invertir su
tiempo en tanto formalismo convencional.
Tiene
que ver con lo que hacen los delegados municipales: rendir cuentas a sus
electores; nadie más lo hace en este país. Los pobres delegados municipales no
tienen ningún poder efectivo y, sin embargo, se someten a todo el embate de los
CDR, de la base, de la circunscripción, por los desastres que hay y que ellos
no pueden resolver. Incluso han consagrado la clasificación diferenciada de
«soluciones» y «respuestas». De modo que lo que no tenga solución debe tener
respuesta. Bueno, en fin, que con respuestas no se resuelve nada. Se convierte
la gestión en una quimera.
Pero el
concepto de rendición de cuentas no lo podemos subestimar por eso, no lo
podemos desechar, no podemos hacer con «rendición de cuentas» lo que hemos
hecho con «transición». No podemos dejarla en el limbo lingüístico que permita
al enemigo monopolizarla. Rendición de cuentas es un concepto clave para la
democracia socialista, pero rendición de cuentas de verdad. Rendición de
cuentas de todo el mundo. Si el jefe del organismo central que es separado por
problemas de corrupción tuviese que pasar periódicamente por un mecanismo
efectivo de rendición de cuentas ante los trabajadores de ese organismo
(trabajadores con participación en la toma de decisiones), posiblemente no
hubiera llegado a corromperse.
Otro
tanto sucede con la «revocación de mandatos», único principio que hasta ahora
condiciona el tiempo y que nunca, que yo recuerde, ha sido aplicado. O, al
menos, se ha seguido la mala política informativa de callar las revocaciones.
Ha sido esperanzador que el presidente Raúl Castro proclamara la reducción de
todo cargo de dirección a cinco años, renovables por una sola vez, aunque no se
haya observado aún movimiento alguno para implementarlo.
La
corrupción: un desafío
Si
hablamos de los desafíos no podemos dejar de referirnos a la corrupción,
señalado por el propio Fidel como el de implicaciones más graves. ¿Dónde se
produce y se reproduce el efecto de la corrupción? ¿Es en la cabeza de los
dirigentes y de los funcionarios que se corrompen? No lo veo tan simple: estimo
que se genera y se reproduce en los desbalances que crea el sistema, y este
sistema, este modelo, o esta deformación modélica, ha generado severos
desbalances. Si tengo razón, la solución de la corrupción no radica solamente
en castigar a los corruptos, porque en tanto subsistan las causas, los
corruptos de hoy serán sustituidos por los corruptos de mañana. Va a ser así
porque sigue existiendo la fuente de recreación de la corrupción.
Por eso
debo añadir que creo poco en la eficacia del «llamado» para producir soluciones
estables. No creo que resuelva el problema que un dirigente se pare ante las
cámaras –por mucho prestigio que tenga, y por hondo que sea el impacto que nos
haga– y diga hay que acabar con la corrupción. Si no acabamos con los
mecanismos que la crean, no acabamos con la corrupción. Como cuando aparece un
dirigente en la televisión visitando una fábrica, exhorta a producir más,
felicita a los trabajadores, o señala deficiencias a superar y metas a cumplir.
Todavía no he sabido de un modo de producción que logre crecimiento productivo
ni desarrollo a partir del llamado de sus líderes, por indispensable y justo
que sea este. La sociedad tiene que crear los mecanismos que generen la
incentivación de la producción, el compromiso consciente de los que participan.
Si esos mecanismos no se crean, difícilmente tendremos resultados estables. El
dirigente visita la fábrica hoy, sale en la televisión, y los dirigentes de la
fábrica se esfuerzan por complacer a los dirigentes que van a visitarlos. Se
alimenta así una ideología de la complacencia. Si usted trata de evaluar la
economía del país por las visitas de nuestros líderes, de nuestros dirigentes a
las fábricas, a los municipios, a los centros económicos; si trata de evaluarla
por los premios y reconocimientos, y por la imagen que los medios masivos nos
devuelven, el país no tiene problemas. Estamos en el mejor de los mundos
posibles. Terminamos, sin proponérnoslo, engañándonos los unos a los otros.
Revolución
agraria
Visto
de manera sectorial, es posible que el mayor fracaso de la Revolución cubana
haya sido el fracaso en alcanzar una revolución en la agricultura. A pesar de
que la primera transformación radical fue la reforma agraria de 1959, de una
segunda reforma en 1963, y de todos los impulsos organizativos implementados
desde entonces, hasta la creación de las UBPC en 1993, estos no desembocaron en
una revolución agraria, porque no propiciaron seguridad alimentaria para la
población. Al margen de los cambios en la estructura de la propiedad, la
organización de la producción, la mecanización y otros, al cabo de cincuenta
años el país tiene que importar más del 70% de los alimentos que consume –un
20% más de lo que importaba en 1958– con el agravante de que cerca del 25% de
la tierra agraria se mantiene improductiva. Quizá no comprendimos que en las
condiciones específicas de subdesarrollo y dependencia en que la Isla vivió la
revolución socialista, tenía que comenzar por asegurarse como una revolución
agraria. O, tal vez sea más exacto decir que lo comprendimos pero no supimos
como hacerlo. Alcanzar un nivel cualitativamente elevado de suficiencia
alimentaria para toda la población es ahora una tarea pendiente en lo
inmediato, un desafío de primer orden en la agenda de cambio. Y significa la
disponibilidad de millones en recursos que hoy se tienen que emplear en comprar
alimentos.
Descentralización
y socialismo
Las
ciento setenta y ocho variantes aprobadas de cuentapropismo se muestran como un
avance porque en los años noventa fueron ciento cuarenta y pico, o ciento
cincuenta. Pienso que lo que correspondía al cambio en marcha no era ampliar
variantes de oficios por cuenta propia, sino legitimar, autorizar la iniciativa
privada en sentido genérico, a condición de que no viole la legalidad, y a
partir de ahí regularla. Que se atenga, por supuesto, al sistema fiscal, que es
un elemento esencial de esa legalidad. De manera que se le deje a cada cual
pensar qué es lo que puede inventar para sobrevivir por su cuenta y no tener
que buscar en una lista para ver si va a elaborar comida para vender, va a
forrar botones, o va a proponer sus servicios como «dandy». Me parece que
subsiste una falta de confianza en el ingenio de la población para encontrar
respuesta a las urgencias que vive.
Es
evidente que las nuevas reformas tienen sus propias trabas, sus propias
rémoras, aun si quieren cambiar esta sociedad y constituyen el paso más
importante que se ha dado para reinventar el camino cubano al socialismo. No de
transitar hacia el capitalismo en un torbellino mercantil, sino hacia una
sociedad que logre articular, en un esquema eficiente, la economía estatal
socialista, la economía socializada no estatal y la economía privada, y logre
avanzar progresivamente. Todo esto no se logra con una ley, un decreto, una
constitución, pero requiere transformar marcos legales. Hay eslabones
ineludibles, como el de lograr reducción racional del sector estatal en la
economía. Tenemos un sector estatal disparatadamente cargado. Cuando se calculó
que sobraban millón y medio de puestos de trabajo, lo que significaba en
realidad es que sobra un 40% de sector estatal en la economía. Quizá debimos
comenzar por anunciarlo así. Es necesario descentralizar por diversas vías:
descentralizar hacia cooperativas, descentralizar hacia la iniciativa privada,
descentralizar hacia una mayor autonomía económica territorial.
La
cooperativa no la inventamos los comunistas, ni la inventa el capital para
acumular. La inventan los trabajadores y los pequeños empresarios en las
sociedades capitalistas para defenderse del peso del gran capital. «Yo no puedo
solo porque me hundo, tú no puedes solo porque te hundes, el otro no puede solo
porque se hunde; vamos a asociarnos si hacemos más o menos lo mismo, y formamos
una cooperativa». La economía estatal tampoco es por naturaleza un desastre.
Puede ser un desastre y puede ser muy efectiva. Creo poder afirmar que nuestra
economía estatal ha mostrado eficiencia para administrar algunos sectores
productivos, otros no. Incluso el sistema de inversiones del turismo me parece
que ha sido en más de un aspecto un sistema inteligente, porque ha garantizado
un reciclaje de inversiones que crean un colchón para el crecimiento del sector
estatal. Pienso que podría ser incluso modélico para otras experiencias de
socialización. La economía estatal puede ser eficiente, y el mundo capitalista
–el capitalismo de Estado– también tiene muchos ejemplos.
La
fórmula para un proyecto socialista eficaz no existe. No hay receta común para
todas las sociedades, ni pueden todos los países avanzar por el mismo camino.
De ahí las limitantes del concepto de modelo. No es que desechemos el concepto
sino que seamos capaces de evitar la tentación de dogmatizarlo. Hoy nosotros
tenemos que liberalizar en tanto los venezolanos, o los ecuatorianos, necesitan
nacionalizar. Es decir, en el caso de sus proyectos, y de cualquier otra
sociedad que se plantee un curso de soberanía económica sostenible, habría que
fortalecer progresivamente el sector público, a nivel nacional y local. Y
paralelamente a la economía, el comprometimiento participativo popular en la
toma de decisiones. En el caso de Cuba, no cabe duda de que tenemos que
aligerar progresivamente el sector estatal, dentro de una lógica integral en la
cual el Estado mantenga el dominio de la economía, en sectores descentralizados
mediante los controles fiscales, y en las ramas estratégicas de la economía
como el inversor principal. La concentración del poder económico en manos del
Estado es lo único que puede asegurar que los recursos básicos no caigan bajo
el dominio de transnacionales ni queden sujetos a la lógica de la ganancia, y
se garantice la prioridad del bien común de la sociedad. Pero más allá de estas
ramas lo que necesita la economía socialista es funcionalidad.
Hay que
prepararse para la asociación con transnacionales, que ya se ha dado en Cuba en
el sector de la producción de níquel, y en el turismo con resultados positivos.
No abrir las puertas a las transnacionales no puede ser una consigna: lo que
importa es que su participación no adquiera el control de la empresa o del
sector en el cual se asocia.
Otro
tema sería el de la economía informal, la cual aporta al cambio porque
presiona, y la respuesta no siempre puede ser el castigo. Hay actividades que
posiblemente tengan que ser castigadas, pero el grueso de la economía informal
tiene que ser analizada con vistas a formalizarla en la medida posible. Incluso
en los noventa hubo dos casos muy característicos en que se hizo así. El
«paladar» no estaba en las ciento y pico de formas de cuentapropismo
codificadas a mediados de los noventa; el «paladar» surgió porque familias que
tenían las condiciones hicieron «paladares». Lo mismo sucedió con el alquiler
de habitaciones, que se legalizó y se sometió a impuestos cuando la sociedad
habanera encontró un modo de vida en alquilar una habitación de la casa que le
sobraba. O no le sobraba, pero la familia se iba a dormir a la sala y alquilaba
el cuarto. Cuando eso se generalizó y el Estado se percató de que no podía
pararlo, lo legalizó. Observar los designios de la economía informal debiera
servir siempre como indicio para un buen olfato formalizador.
Pero
además tendremos que pensar en una descentralización aplicable en toda la Isla.
Los municipios requieren una gestión económica mucho más autónoma. Desarrollar
la propiedad comunal, aplicar impuestos municipales y crear una economía local
propia. No pueden mantenerse dependiendo de un presupuesto nacional, todo eso
ha resultado contraproducente. Hay que flexibilizar, descentralizar, sin dejar
de mantener socializada la economía del país y aumentar la democracia, que es
también democracia económica. Paralelamente, hacer que las formas de
participación popular vayan aumentando en esta vía.
Más
vale tarde
Para
terminar –porque tenemos que terminar–, quiero decir que estos no son problemas
nuevos. El de hoy es un desafío que asumimos con dos décadas de atraso, y eso
lo vieron muchos ojos en Cuba y fuera de Cuba. Recuerdo que a principios del
2000, en una entrevista de la cual fui testigo, Danielle Mitterrand nos comentó
con pesar que Fidel había perdido la oportunidad de hacer una segunda
revolución en Cuba. Tenía razón y no la tenía. Pienso que la oportunidad no se
ha perdido, pero también pienso que la agenda de cambio que hemos emprendido
ahora – comenzando por este nivel de debate abierto– y las acciones que se
inician, tenían que haber surgido desde el mismo año 1990. El desafío de hoy no
es ya el mismo porque no partimos de la Cuba que entraba en la última década
del siglo sino con las incidencias de veinte años de efectos críticos en la
economía. Tampoco voy a decir que todo es peor ahora para emprenderlo. No es
exactamente así. Pero salta a la vista que el punto de partida es distinto.
En
cierta medida hubo una esperanza a principios de los noventa, cuando el cuarto
Congreso del Partido fue convocado con un llamamiento para el cual el Congreso
mismo resultó ya un retroceso, porque predominaron las reticencias, los temores
a la pérdida del control, a la pérdida del socialismo, a que la reversibilidad
soviética nos contagiara. Y ya después, las reformas de los años 1993 y 1994 no
fueron parte integral de una propuesta. La principal diferencia de las reformas
actuales es decisiva porque se han adoptado articuladas dentro de la convicción
de la necesidad de un cambio integral, lo cual es por lo menos un gran paso de
avance. Las precedentes fueron reformas adoptadas para confrontar problemas
concretos. Fueron reformas realizadas con vistas a afrontar anomias,
irregularidades concretas, como si estas fueran manifestaciones inconexas y no
parte de una misma crisis. Por tal motivo, las reformas no estaban integradas
en un propósito total, no había una visión de cambio dentro del sistema
socialista, de «cambiar todo lo que tenga que ser cambiado». Eso, que no estaba
en la visión de entonces, ahora parece estar.
Finalmente,
no hay que olvidar que, como para cualquier país pequeño, para nosotros es
clave la inserción en el mercado mundial. Los Estados Unidos lo saben y por eso
han mantenido, sin escrúpulos de tipo alguno, el bloqueo. Washington nunca ha
mostrado disposición a flexibilizar su política y no hay motivo sólido para
esperar señales de cambio. Para nosotros es esencial esa comprensión. La
esperanza de un crecimiento significativo en la producción de hidrocarburos se
incorpora al desafío, porque de producirse podría elevar rápidamente los
recursos para un despegue de la economía cubana. Tengan en cuenta que a finales
de los ochenta, cuando Cuba cayó en un bache de disposición de divisas y se nos
cerraron los créditos occidentales –es decir, en divisa convertible– la Unión
Soviética autorizó a Cuba a vender sus ahorros petroleros en el mercado
occidental, y estas ventas se convirtieron, en esos años, difíciles ya (aunque
no críticos aún) para nuestra economía, en los principales ingresos en divisa.
No es
un exceso afirmar que el petróleo podría transformar la realidad económica
cubana. Pero esto que ahora digo y que ustedes conocen también –o al menos lo
deben inferir– se sabe en la Casa Blanca perfectamente. El petróleo, tan
deseado, significaría para nuestra economía un aporte sustantivo, como subrayé
antes, aunque no podemos pasar por alto que planteará nuevos desafíos al
proyecto nacional.
Me
detengo aquí, y dejo en el tintero todavía varios temas, pero el tiempo obliga.
Muchas
gracias.
*
Versión escrita de la conferencia inaugural del III Encuentro de Crítica e
Investigación Joven «Pensamos Cuba», convocado por la Asociación Hermanos Saíz,
el 9 de marzo de 2012, en La Habana

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