El miedo como enemigo (o la espera sin esperanza)

El miedo y la incertidumbre recorren hoy el mundo. Transforman nuestras formas de vidas conocidas hasta este momento, las hacen parte indescifrable de los retos que tenemos hacia adelante como especie. Ante ellos, surgen millones de diagnósticos y críticas, se imaginan alternativas, se ensayan los obstáculos, posibilidades y dilemas de la transformación o la permanencia de las peores pesadillas sociales del mundo.

Desde hace décadas, el planeta viene siendo parte de (en más o en menos) ensayos emancipadores de lo social, algunos alternativos o celebratorios del capitalismo, otros reformadores o revolucionarios. Decimos emancipadores, como condiciones que favorezcan el florecimiento de la vida humana. Decimos social, porque los cambios deben ser proyectados en el mundo común (social), no solo en el individual de la vida interior de las personas. 

Nunca antes como ahora, empezamos a comprender la finitud de la vida, de los problemas colectivos y de las políticas limitadas que hasta ahora llevamos adelante previo COVID19. Las viabilidades de la vida política contemporánea nos hizo saltar nuestra propia mirada (mirar más alto). Tal vez nos hizo ser imprudentemente prudentes, básicamente por el hecho de que mucha gente pareció darse cuenta, el mismo tiempo, de varios de los problemas ocultos que nos aquejaban y que parecían invisibilizados en el mundo mediático de la conversación pública.

Con independencia de la posición ideológica que tengamos cada uno, la creencia de la viabilidad en algo, resulta fundamental para cualquier política que quiera aplicarse. Si creemos que algo puede hacerse, probablemente se haga. Y lo contrario, no. Hoy, producto de esta crisis, entendemos como nunca antes esas “nuevas viabilidades”, esas “nuevas perspectivas”, esas “nuevas creencias” de que algo de lo que vinimos haciendo debe ser modificado. En esto, la pandemia del coronavirus fue positiva. 

Los ejemplos actuales de los países centrales son muestra de ello. Reformas como las propuestas en España -donde se nacionalizó la sanidad privada para frenar el brote del virus- o Alemania -donde el gobierno diseño un rescate sin precedentes para la economía, desde los pequeños autónomos hasta grandes grupos empresarios, pasando por profesionales libres-, son muestras de políticas que meses atrás no hubieran sido propuestas ni por muchos entusiastas de la izquierda radical. También en otros países centrales, ha comenzado el debate sobre si fue realmente sabio someter nuestra vida colectiva a los dictados del mercado, a esa “mercantilización” de la vida de la sociedad (en que la lógica de “todo se compra y se vende” reina), por sobre el Estado y lo común, y donde la democracia es vaciada de su contenido. Parece que en la crisis, como dice Saxer (2020), todos somos nuevamente keynesianos.

También en cuestión de días, muchas libertades de los ciudadanos se están restringiendo en una medida inimaginable. No solo en China, sino también en el centro de Europa, se están utilizando tecnologías a gran escala para vigilar y regular el comportamiento de los ciudadanos (en Argentina el debate también está). El riesgo es que, como ayer con la denominada “lucha contra el terrorismo”, muchas de esas regulaciones de emergencia dictadas sigan vigentes después de que la crisis haya terminado. Parece también que en las dificultades, todos aplicamos medidas políticas de orden y seguridad, es decir, todos sentimos reversiones de autoridad. ¿Qué paradoja no?.

Eso nos recuerda lo que decía Bauman (2007): las sociedades modernas para su búsqueda de felicidad actualmente han reemplazado como principios el clásico “tríptico” revolucionario francés de 1789 (Libertad, Igualdad y Fraternidad), en otros términos. Seguridad (en vez de la libertad), paridad (en vez de la igualdad) y red (en vez de la fraternidad). Esa noción de fraternidad, en sociedades complejas y vastas como los nuestras, no puede ser asumida sí no es más amplia (por consiguiente, más activa y más humana). Si no se conceptúa en clave de siglo XXI –no somos originales en esto– con dos componentes que la incluyan, que sean ambos, al mismo tiempo: la solidaridad, y la participación. Ya sea en redes, en comunidades, en espacios públicos o privados. 

Ser solidario es asumir como propio el interés de un tercero, identificarse con él, hacerse incluso cómplice de los intereses, desvelos e inquietudes de ese otro ser humano. Pero para que el componente solidario no sea solo una mera tolerancia o reconocimiento del diferente, requiere estar acompañado del otro elemento esencial: la participación. No podemos ser solidarios sin participar. No podemos ser solidariamente comprometidos en nuestras sociedades actuales si no nos hacemos responsables, palabra que viene de re-spondere, es decir, hacerse cargo del otro. 

En esta crisis se han visto espacios de solidaridad y participación, es decir, de fraternidad comunitaria, como nunca antes (gente haciendo barbijos, entregando alimentos, ayudando a los que requieren cuidados, etc.). También insólitas exclusiones y denuncias discriminatorias de vecinos, trabajadores de la salud, etc., que nos asustan y dan desasosiego de mañana. 

Todo está en nosotros. El poder trasformador es lo que ocurre en nosotros y en nuestras mentes. En esas mentes que, hoy sabemos por las neurociencias aplicadas, reaccionan emocionalmente. Nuestra capacidad de sufrir o empatizar con los otros nos sitúa en el mismo plano que nuestra capacidad de tener miedos y rechazos por esos mismos otros (especialmente los distintos). Por eso lo que decidamos, las creencias de la viabilidad o conveniencia de algo que debe ser modificado (para bien en el imperio del binomio fraterno solidaridad/participación, o para mal en el señorío del miedo), nos sitúa en una bifurcación de caminos.

Podemos condenar sin más muchas de esas injustas exclusiones hacia los demás, pero si pensamos más allá del momento y de la inmediatez, hay que analizarlas o, al menos, nombrarlas. Ese “nosotros primero”, esas soluciones fáciles (y en general erradas) de cerrarse y expulsar a quienes sobran o no son parte de ese nosotros imaginario, encuentran sustento a nivel global en los discursos neoautoritarios de Trump, Bolsonaro o los partidos de cuño xenófobo, por citar algunos casos. Auténticos alegatos neofascistas, violentos y jerárquicos de expulsión del otro, que encuentran fértiles campos para plantar en los miedos que tenemos y que, aunque falsos, logran definir (nombrar) mejor que nadie el malestar que ya existía en nuestras sociedades. Por eso también parte de su éxito, y de sus posibilidades futuras. Diagnósticos de exclusión (“no todos cabemos”), con soluciones también excluyentes y peligrosas (desde muros de concreto a muros legales hacia lo de “fuera”), alarmantes para el futuro común de los proyectos emancipadores, incluyentes y solidariamente justos.  
Para direccionarnos hacia el otro lado de la bifurcación, hacia la creencia – hoy vislumbrada posible – de un nuevo sentido común que articule en clave no reaccionaria, humana, no clientelar ni populista, moderna y solidaria, que ofrezca certezas, lazos comunitarios y garantía de derechos, necesitamos gente emocionada, consciente, fraterna. Pueblos capaces de dejar de lado el miedo natural, para comprometerse con los otros. Temas como la democracia, la soberanía, el pueblo (o los pueblos), el feminismo, las migraciones, las identidades, la ecología y el conflicto capital-vida, los nuevos derechos de salud, la pandemia actual, etc., son todos temas que pueden ofrecer seguridad, bienestar y pertenencia a amplios sectores sociales del mañana. Son los caminos socialmente emancipadores para transitar. A nivel país, abogar por Pactos de Reconstrucción Nacional ante la crisis. Pactos o Acuerdos para lo inmediato, y lo mediato. Un plan de contingencia sanitaria, un plan estratégico para la reconstrucción económica y un plan de protección social que no deje a nadie atrás. Acciones en red de solidaridad, sobre todo a nivel local o municipal, uno de los pocos ámbitos de solidaridad por excelencia con capacidades trasformadoras, por proximidad y escala. Porque nos sitúan en “practicas concretas” (un centro comunitario, una ayuda de varios, un comedor barrial, etc.), no en palabras. Democratizar el debate (hablar todos, no solo algunos). Privilegiar la vida, por sobre el mercado. Imaginar alternativas (renta básica universal, reducción de jornada laboral, impuesto a las grandes fortunas o herencias, redes de cooperación sanitaria global, un sinfín de propuestas que actualmente se debaten en el mundo y no son excluyentes del camino emancipador si se tratan seriamente). Trabajar en todos los ámbitos posibles de la transformación, no de la permanencia que nos trajo hasta aquí. 

Como dijo Galeano, nuestro enemigo principal es el miedo y lo tenemos dentro. Es la espera sin esperanza en la que veníamos y se acentuó estos días. Al mismo tiempo, con esas dudas lógicas de todos (en particular en el aspecto sanitario y económico-social), el coronavirus nos hizo creer en cambios. Ver más allá del momento. En la necesidad de viajar más adelante que el statu quo imperante. En el hacer. Por eso, en esa misma dirección, nos debe interrogar sobre el camino a emprender. El destino de nuestras sociedades, como personas comprometidas con el mundo y su suerte, nos debe reflexionar en el sentido de cómo interpretar las pistas que vienen, los posibles riegos (autoritarios) que tenemos y lo que debemos hacer para salir de esta espera, ojalá, esperanzadora. 

Por Emiliano Bursese

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