Los 30 años de la democracia argentina ensayan reflexiones. Como la que organizó pasados días la Asociación de Abogados del Sur, que participamos, que fue muy rica. Tratando de observar su análisis, creemos que la misma no puede pensarse sin un debido análisis de su propia evolución e involución, de sus marchas y contramarchas, a la largo de la historia del siglo XX pero, sobre todo, no puede intentar considerarse a sí misma sin un desarrollo de los caracteres del proyecto alfonsinista de la generación de 1983, con todo lo que ese ideal socio cultural y político vino a inaugurar en la cultura política argentina, muchos de los cuales nos acompañan, fundantes, hasta nuestros días. Y se resumen en una fuerte defensa de la democracia como forma de gobierno y la idea de que la misma sólo ha de realizarse cuando lo institucional o formal va acompañado además por una idea de justicia social. Ahora bien, sabemos que la estrategia de Alfonsín se sintetizó en un trípode conceptual constituido por la idea de democracia participativa, ética de la solidaridad y modernización, tres ideas o conceptos que se observan en ese maravilloso Discurso de Parque Norte del 1 de diciembre de 1985, con sus caracteres prometéicos e iniciáticos respecto del ejercicio de la democracia. En primer lugar porque buscó regenerar la idea del origen y legitimidad del ejercicio del poder en la voluntad de las mayorías – cual ruptura y punto de frontera respecto al proceso de la Dictadura militar – y, en segundo lugar, porque atribuyó un valor medular a la tolerancia frente a las diferencias y el respeto intrínseco a los procedimientos institucionales. Y por último, porque estableció creativamente un nuevo vínculo entre gobernantes-gobernados y Estado de Derecho-Constitución. Corolario de todo lo mencionado, claro está, representa (re)preguntarse si muchas de las ideas allí plasmadas lograron cristalizarse con el tiempo, determinando, sobre todo y desde el punto de vista político, cuáles de los procesos superados y no superados de la democracia nacida y pensada en 1983, en el referido proyecto alfonsinista, pueden encauzarnos en un análisis de lo que falta conseguir, es decir, en el advenimiento de una suerte de nueva concepción de frontera, que configure (también) al mismo tiempo una ruptura con lo malo del presente y una proyección con lo bueno del porvenir. En esa clave se observa este trabajo de Atilio Boron, de los pocos que analizan ese Discurso de Parque Norte que merece mayores exámenes en clave actual, titulado “Los dilemas de la modernización y los sujetos de la democracia”. 28 años y dilemas después y 30 de democracia recuperada.
Boron, Atilio
A.. Los
dilemas de la modernización y los sujetos de la democracia. En libro: Tras el
Búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo. Atilio A.
Boron. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Argentina. 2000.
Introducción
El análisis que se hará a continuación del discurso de Parque Norte requiere de
entrada la explicitación de nuestra coincidencia básica con los grandes objetivos
que allí se proponen: modernización social, justicia distributiva, ética de la
solidaridad, democracia participativa. Estas son algunas de las metas globales
que hoy día se plantea la gran mayoría de las fuerzas progresistas de América
Latina. Si bien podrían agregarse algunas otras, lo cierto es que ellas resumen
buena parte de las reivindicaciones que los partidos populares de la región han
venido exigiendo en las últimas décadas. Estamos persuadidos, por consiguiente,
de que las propuestas formuladas por el presidente Raúl Alfonsín se inscriben
en una matriz de pensamiento reformista y transformadora. Las diferencias de
criterio y las discrepancias puntuales en relación a los contenidos concretos
de esas enunciaciones generales, que como veremos son significativas, no
empañan el hecho categórico, y harto infrecuente en la política argentina, de
un llamamiento presidencial destinado a discutir y a poner en marcha un
ambicioso programa de transformaciones sociales.
Por otro lado, muchas de las cosas que allí se dicen reflejan con inteligencia
los resultados de largos años de controversias en el seno de las fuerzas
democráticas argentinas. Por eso nadie podría negar que el mensaje instala el
debate político de nuestro país en un nivel cualitativamente superior y
distinto a todo lo que hemos conocido en largos años. Para los críticos
desmemoriados de hoy sería oportuno recordar los verdaderos adefesios
ideológicos y conceptuales que brotaban de las cabezas de algunos de nuestros
presidentes. Una rápida lectura a los discursos de Juan Carlos Onganía, Isabel
Martínez de Perón, Jorge Rafael Videla y Leopoldo Fortunato Galtieri, para no
mencionar sino los casos extremos, reactualizaría esa vieja distinción entre
ocurrencias e ideas, que algunos atribuyen a Hegel, y contribuiría enormemente
a resignificar y a revalorar los contenidos, polémicos pero estimulantes, del
mensaje de Parque Norte.
Por último, también es preciso decir que la trascendencia del mensaje se apoya
en los cambios concretos e innegables que el régimen democrático produjo en la
vida política nacional. No se trata, por lo tanto, de la retórica hueca de un
gobernante anodino, sino de una invitación a un diálogo formulado por el jefe
de un gobierno que ha garantizado el ejercicio irrestricto de todas las
libertades en un grado sin precedentes en nuestra historia. Tan sólo eso sería
suficiente para tomar este discurso muy en serio, y también para criticarlo a
conciencia, leal y rigurosamente. Pero, además, está el juicio a las juntas
militares, el funcionamiento regular y autónomo de las ramas del estado y las
provincias, una política internacional sensata y progresista, en donde se
destacan el apoyo a Contadora y la resolución del diferendo limítrofe con
Chile; la normalización de nuestra vida universitaria; la permanente propuesta
de revisar viejos temas esclerotizados en nuestra conciencia pública, como el
divorcio, o las reformas educativa y militar; o la cuestión de la reforma
constitucional. Es obvio que, como en todo gobierno, el inventario sea variado
y se combinen logros y fracasos. Pero, desde el punto de vista de la
consolidación democrática, y a pesar de las dificultades económicas, que son
muy graves, se ha avanzado. Por eso es necesario discutir la propuesta del
presidente.
El desafío actual
Se ha vuelto ya un lugar común, para nuestra desgracia, decir que la Argentina
se enfrenta, a fines de 1986, ante una de las coyunturas más críticas de toda
su historia. La gravedad de la crisis económica, resultante de un prolongado
estancamiento en el desarrollo de sus fuerzas productivas y de las nuevas –y
más desfavorables– condiciones de la economía mundial; la herencia desquiciante
de una fenomenal deuda externa, tan ilegítima como impagable; y, por último,
las abiertas amenazas que se ciernen sobre nuestra incipiente transición
democrática configuran una formidable constelación de problemas cuya seriedad
difícilmente podría ser exagerada.
La desusada magnitud de los retos que hoy acechan a la sociedad argentina
impone al gobierno –tanto como a la oposición– la responsabilidad de ofrecer
respuestas coherentes, concretas y viables para salir de la crisis actual. El
discurso de Parque Norte recupera el carácter productivo de la crisis, momento
de análisis y discriminación pero también de síntesis y de elección. De esto
precisamente se trata: dado que la crisis no puede ser enfrentada in toto es
necesario establecer una escala de prioridades que permita organizar
racionalmente los recursos disponibles –siempre insuficientes– para atender a
su resolución. El interrogante que surge de este razonamiento es evidente:
¿cuál es la estrategia para enfrentar la crisis que se señala en el discurso de
Parque Norte?
Es obvio que esta pregunta podría dar lugar a una larga discusión sobre
aspectos puntuales y específicos que no viene al caso tratar en estas breves
notas. Concentrándonos en lo más grueso podríamos interrogarnos, eso sí, sobre
las grandes opciones que ha manejado el gobierno del presidente Alfonsín. El
examen de los antecedentes concretos revela la presencia de una situación
paradojal: por un lado, y el discurso de Parque Norte es paradigmático, se
adhiere a una concepción ideológica y doctrinaria que instala a la democracia
en el pináculo de su escala de valores. Como recordaba José María Medina
Echavarría, la democracia "se basta a sí misma", se fundamenta en su
propia excelencia, y esta afirmación es ratificada plenamente en el plano de lo
discursivo (1977). La escasísima relevancia de los razonamientos acerca de la
economía y el sustento material de la modernización en la mencionada alocución
presidencial son harto elocuentes al respecto. No obstante, en el plano de la
gestión gubernativa la cosmovisión estructurada desde la democracia es
reemplazada por otra que privilegia las duras realidades de la vida económica y
los compromisos financieros internacionales. Así, las políticas de contención
de la inflación y el déficit fiscal y el cumplimiento, no tan ortodoxo pero
oneroso al fin y al cabo, de las obligaciones ilegítimas que, en gran parte,
los gobiernos militares legaron a la Argentina democrática, colocan al gobierno
ante una difícil disyuntiva. O se opta por la consolidación democrática, lo que
significa la puesta en marcha de una amplia política de alianzas sociales con
el conjunto de las clases y capas populares; o se elige el camino de la
disciplina económica y el cumplimiento de las obligaciones externas, en cuyo
caso la transición democrática se verá casi irremediablemente condenada al
fracaso. Las opciones suponen la subordinación jerárquica de las alternativas:
priorizar la fundación de un orden democrático significa asumir un compromiso
consciente –que incluye tanto al gobierno como a la oposición política y a todo
el conjunto de la sociedad civil– de redefinir las políticas gubernamentales a
partir de su eventual impacto sobre el proceso de consolidación de la
democracia. Si, por el contrario, lo que se escoge es la supremacía de la
economía, haciendo lugar a las múltiples y poderosas presiones domésticas e
internacionales que empujan en esa dirección, entonces el resultado, no deseado
pero real, será el sacrificio de la democracia.
Estamos así ante un dilema que el paso del tiempo agudizará cada vez más,
poniendo en tensión los dos principios antinómicos y excluyentes, en el largo
plazo, sobre los cuales se asienta la democracia capitalista: los
requerimientos de la acumulación de capital, que definen el carácter burgués de
este tipo de estado, y las exigencias emanadas de la representación política y
la satisfacción de las demandas del pueblo soberano, que expresarían el
carácter democrático del estado. Este dilema constituye en la época actual un
rasgo característico y universal de todas las democracias capitalistas, de ahí
la enorme vigencia de la discusión sobre "la crisis de las democracias"
tanto en los países más avanzados como en la periferia. Su presencia se explica
por la generalizada desintegración de los mecanismos que, por largo tiempo,
permitieron la efectiva compatibilización de los procesos de acumulación con
los de la representación popular1. Agotado un corto ciclo histórico, en el cual
democracia y capitalismo convivieron con un grado aceptable de armonía, sobre
todo en los países centrales, es necesario ahora reanudar la marcha expandiendo
la democracia, fortificándola de forma tal que la soberanía popular, esa
bandera irrenunciable que la identifica desde Rousseau a nuestros días,
adquiera una eficacia transformadora acorde con la magnitud de los problemas
que debe resolver.
El discurso de Parque Norte parecería sobrevolar por encima de esta
contradicción entre acumulación y soberanía que hoy se ha instalado en el
centro del debate teórico político internacional. El profesor C. B. Macpherson
lo ha sintetizado con su acostumbrada lucidez al decir que la preocupación actual en nuestras democracias occidentales no es acerca de la
democracia per se sino acerca de la democracia capitalista: los analistas
neoconservadores y neomarxistas han coincidido en afirmar que hay una crisis de
la democracia liberal y que la crisis se origina en un creciente desajuste
entre [...] una creciente demanda política por los bienes del estado de
bienestar y la decreciente capacidad de la economía capitalista para ofrecerlos
(1985, p. 122).
Sin embargo, a pesar de esta ausencia, importante por el peso decisivo que la
marcha de la economía tiene en la viabilización de nuestro proyecto
democrático, el mensaje concluye con una provocativa convocatoria que sólo
puede ser descifrada en el ámbito de esa creciente incompatibilidad entre
capitalismo y democracia: "Si la democracia no es capaz de amparar
procesos transformadores –procesos que en la Argentina de hoy se resumen en el
imperativo de modernizar el país sin abdicar de una ética de la solidaridad–
fracasaría también, inevitablemente, como procedimiento, como régimen
político" (Alfonsín, 1985, p. 35).
Imágenes de la transición
Se trata, por consiguiente, de una democracia participativa y dotada de
eficacia transformadora para modernizar a la Argentina. Conviene entonces que
nos acerquemos a la visión que se propone de este proceso, haciendo hincapié en
el análisis de su carácter y de los sujetos sociales llamados a protagonizarlo.
Lo que aquí se está proponiendo es, nada menos, que la construcción de una
"sociedad diferente" (Alfonsín, 1985, p. 14). Si tentativas
anteriores de cambio de la estructura social y económica fueron concebidas e
implementadas al margen de la participación ciudadana, el proyecto modernizador
tiene que apoyarse en la iniciativa del conjunto de la sociedad. Dejando de
lado los aspectos más polémicos, que son accesorios, acerca del grado de
elitismo y de autoconciencia de anteriores proyectos modernizadores como el
roquismo, el yrigoyenismo y el peronismo, parece claro que la propuesta del
presidente Alfonsín apunta hacia la elaboración de una sociedad de nuevo tipo.
Dado que la nuestra se inscribe de modo inequívoco en los angostos marcos del
capitalismo dependiente, quedaríamos autorizados a concluir que lo que se
estaría proponiendo, por cierto que en forma bastante elíptica, sería alguna
variante de sociedad poscapitalista resultante de una verdadera y cabal
recuperación del protagonismo popular mediante el ejercicio de los derechos
formales y reales que garantiza la democracia (Alfonsín, 1985, p. 14).
No habremos de ser nosotros quienes reprobemos una iniciativa de tanta
trascendencia. Está muy lejos de nuestro ánimo el pretender embellecer las
amargas realidades del capitalismo dependiente en la Argentina. Sus llagas son
demasiado evidentes como para refugiarse en la indiferencia o en la vanidosa
autosuficiencia de los argumentos técnicos. Sin embargo, y más allá de la
relativa imprecisión de los objetivos que propone la convocatoria presidencial,
no podemos sino manifestar nuestro estupor ante la creencia de que "los
nuevos valores de la comunidad argentina –la tolerancia, la racionalidad, el
respeto y la búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos– hacen posible
un tránsito sin traumas de la sociedad autoritaria a la sociedad
democrática" (Alfonsín, 1985, p. 14).
El mensaje de Parque Norte supone que un tránsito histórico, de un tipo de
sociedad a otra, podrá hacerse en una sociedad como ésta, una Argentina
desgarrada por la violencia y envenenada por una prolongada socialización
autoritaria que arranca desde 1930, sin traumas ni convulsiones. Más
específicamente, el discurso se asienta sobre las siguientes premisas:
I) que ya se ha producido en la Argentina una radical mutación de valores, una
verdadera revolución en nuestra cultura política cuyos resultados se expresan
en la primacía del pluralismo, la tolerancia y la racionalidad;
II) que, dado lo anterior, una gran mayoría podrá alinearse consensualmente en
pos de un objetivo nacional que unifique, por encima de intereses y valores
contrapuestos, las aspiraciones de una amplia alianza de clases y sectores
sociales;
III) que los actores sociales que no se suman a esta empresa patriótica no
opondrán resistencia al proyecto de transformación, concediendo una suerte de
tácita aprobación para que éste se desenvuelva sin traumas ni sobresaltos.
Creemos que las tres premisas sobre las que se asienta el discurso de la
transición, inspiradas en la literatura corriente sobre este tema, son
inconsistentes teóricamente e incorrectas empíricamente. Veamos por partes. En
primer lugar, como lo prueba sobradamente toda una vastísima literatura sobre
la modernización, una transición del tipo de la aludida en el discurso de
Parque Norte requiere del concurso de una serie de circunstancias que exceden
con creces las que ahí se contemplan. El cambio y la reconstitución del
universo de significados y valores, la sustitución de la vieja cultura política
impregnada por el autoritarismo y la intolerancia, por otra congruente con las
necesidades de una sociedad democrática es ciertamente una condición necesaria,
mas no por ello suficiente para la construcción de una sociedad de nuevo tipo.
Para esto se requieren otras cosas, principalmente una sólida alianza de
diversos sujetos sociales cuya argamasa la constituye un núcleo muy concreto de
intereses en torno al que gira una serie de valores, ideologías y creencias de
diverso tipo. Ningún cambio histórico de la magnitud que aquí se demanda puede
atribuirse a los efectos derivados de las transformaciones en el sistema
cultural. A Max Weber se lo considera, con razón, como uno de los más grandes
sociólogos de todos los tiempos y como alguien que ha subrayado
convincentemente la eficacia de las constelaciones ideológico-culturales en la
producción del cambio histórico. No obstante, en su célebre estudio sobre el papel
de la ética protestante en el advenimiento del capitalismo, previene contra las
tesis que pretenden sustituir "una interpretación causal de la cultura y
la historia, unilateralmente materialista, por otra igualmente unilateral pero
espiritualista", advertencia que, dicho sea al pasar, no por reiterada a
lo largo de su obra fue por ello más tenida en cuenta por sus seguidores2.
Resumiendo, el movimiento de la sociedad obedece a una lógica muy intrincada
que es incompatible con cualquier tipo de argumento reduccionista. Si el
economicismo empobrece la visión de la realidad al no reproducir en el
pensamiento la complejidad dialéctica de lo real, el reduccionismo culturalista
es pasible de la misma crítica y debe por consiguiente ser igualmente
descartado como modelo explicativo.
Por otro lado, y pasando al examen de la adecuación empírica existente entre la
proposición que estamos examinando y la realidad de la actual coyuntura,
parecería meridianamente claro que la premisa en cuestión peca por un excesivo
optimismo en la ponderación de los alcances de los cambios culturales y
psicosociales registrados en la sociedad argentina. Es evidente que nuestra
vieja cultura política, forjada por la alianza clerical-militar que signó desde
1930 la historia de este país, inició un acelerado proceso de descomposición
con el descalabro de la última dictadura militar. En efecto, los actores
sociales concretos que la sostenían sufrieron una serie de rotundas derrotas
–ante la renovada conciencia ética de una parte de la sociedad civil, ante la
opinión pública internacional y, last but not least, ante la task-force enviada
por Gran Bretaña a recuperar las Islas Malvinas. La degradación moral,
económica y política de la dictadura, unida a su fenomenal ineptitud militar
–evidenciada en las playas de las Malvinas– son de sobra conocidas por todos y,
tal como lo apuntamos oportunamente, se encuentran en la base del triunfo
electoral de Raúl Alfonsín el 30 de octubre de 1983 (Boron, 1983, p. 7 y
1986[b]). Pero de aquí a creer que la Argentina ya ha culminado exitosamente el
proceso de transformación de su cultura política, que ya imperan los valores
fundantes del pluralismo, la tolerancia y la racionalidad, que la perversa
reducción de la política a la guerra ya es cosa del pasado y que los viejos
sujetos autoritarios han desaparecido para nunca más volver, hay un largo
trecho. Pensamos que un supuesto de este tipo es peligrosamente ingenuo, porque
minimiza la potencia de la coalición reaccionaria que no por haber pasado a la
defensiva está definitivamente derrocada. Y exagera, simétricamente, la
profundidad e irreversibilidad de los innegables cambios que se produjeron, en
una dirección democrática de la sociedad, el estado y la cultura política
argentinos. Constituye, por lo tanto, una premisa insostenible empíricamente,
válida tan sólo para reflejar el despertar de la conciencia democrática de un
sector de la población y nada más. Con el agravante de que las frustraciones
producidas por la marcha de la economía han contribuido a desilusionar a una
parte importante de la ciudadanía, que, cansada de la prepotencia militar,
depositó en la naciente democratización esperanzas mesiánicas que no tardaron
en verse malogradas.
La segunda premisa del discurso de Parque Norte supone la construcción de un
consenso amplio para el logro de objetivos nacionales. Los nuevos valores
democráticos de la sociedad argentina crearían las condiciones suficientes para
la obtención de esas metas. Sin embargo, nada permite afirmar desde la teoría
social y política –y menos aún desde la práctica histórica concreta– que
sociedades de clases, poseedoras de una cultura política pluralista, tolerante
y racional sean necesariamente capaces de gestar un consenso muy amplio acerca
de un proceso de cambio en el cual, naturalmente, habrá siempre ganadores y
perdedores. Es más, la actual discusión suscitada en los capitalismos
metropolitanos acerca de la cuestión de la crisis de la democracia y su
ingobernabilidad se refiere precisamente a las dificultades con que tropiezan
sociedades pluralistas y tolerantes en hacer los reajustes congruentes con las
necesidades y restricciones impuestas por la nueva onda larga estancacionista
que hoy caracteriza al capitalismo. En otras palabras, la cultura política de
la democracia no necesariamente garantiza el consenso en épocas de cambio,
sobre todo cuando la redistribución de las ganancias y pérdidas afecta
decisivamente a todas las clases y sectores sociales del país3. El pluralismo y
la cultura moderna tienen sus límites, los que, una vez franqueados, pueden
desencadenar amenazantes procesos de involución autoritaria. Algunos autores,
desde Herbert Marcuse hasta Barrington Moore y, más cercano a nuestra
experiencia histórica, Gino Germani, se han referido in extenso a estas
perspectivas y no viene al caso reiterar sus argumentos en esta ocasión
(Germani, 1985, I, pp. 21-57). Baste señalar que la cultura de la democracia
también tiene sus limitaciones y que, si bien puede absorber un nivel de
conflictividad social muy superior al que admite el universo ideológico del
autoritarismo, en ciertas ocasiones, como por ejemplo durante un rápido proceso
de cambio, sus marcos pueden verse desbordados y, en su derrumbe, arrastrar a
la sociedad a la ciénaga de la dictadura.
Por otro lado, la evolución de la historia reciente de la Argentina no autoriza
a abrigar demasiado optimismo en lo que toca a nuestra capacidad para elaborar
un proyecto consensual. Esto por razones que muy acertadamente se indican en el
discurso –los arcaísmos autoritarios de nuestra mentalidad colectiva, la
violencia de la cultura política– y por otra razón que brilla por su ausencia
en el mensaje presidencial, pero que no por ello es menos significativa: la
incapacidad de nuestras clases dominantes para proponer e implementar un
proyecto de desarrollo capitalista. La crónica fragilidad de la hegemonía
burguesa en la Argentina, que tanto contrasta con la que esta clase exhibe en
países como Brasil y México, y la tradicional sujeción de nuestras clases y
capas subordinadas a la visión del mundo de una burguesía que quiso ser
nacional y progresista, pero que no lo fue, se dan la mano para, en su
impotencia, consolidar el estancamiento. Así, la burguesía no puede (¿lo quiere
realmente?) desarrollar el capitalismo, en tanto que el movimiento obrero
organizado, cuya influencia social ha venido declinando llamativamente,
sataniza al socialismo y limita su protagonismo histórico a una línea
reivindicativa carente de horizontes y que sólo logra dificultar la marcha de
la economía. En suma, ni desarrollo capitalista ni avance hacia el socialismo.
En el medio, una sociedad desesperanzada que necesita que la democracia sea
eficaz instrumento de reforma social.
Por último, la tercera premisa plantea problemas similares a los anteriores.
Toda la literatura sobre los procesos de cambio y modernización remite
permanentemente al tema de los antagonismos sociales exacerbados en el curso de
su desenvolvimiento. No hay ninguna razón para suponer que los sujetos
autoritarios no se sumen a los democráticos desplazados por el proceso de
cambio y reconstituyan una coalición reaccionaria que intente bloquear el
camino de las transformaciones. En países de larga tradición de tolerancia y
pluralismo –Inglaterra, Holanda, Estados Unidos, Francia– la revolución
democrática fue el resultado de intensos conflictos sociales en donde los
grupos recalcitrantes fueron derrotados por una alianza de actores interesados
en el establecimiento de la democracia. En países mucho más saturados
ideológicamente por el espíritu del autoritarismo, como Alemania, Italia y
Japón, la supeditación de las clases y sectores sociales nostálgicos del viejo
orden requirió de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Contrariamente a
lo que pregona el saber convencional, la historia de la democratización, tanto
en los capitalismos metropolitanos como en los periféricos, registra como una
constante la tenaz oposición que suscitó en distintas clases y grupos de la
sociedad. Enseña asimismo que jamás ha sido un proceso lineal sino que siempre estuvo
signado por avances y retrocesos, por victorias y derrotas de sujetos
históricos concretos. Estos son los protagonistas reales de la odisea
democrática: los discursos y los proyectos son letra muerta si no se encarnan
en actores sociales que los hagan suyos y estén dispuestos a luchar por su
predominio4.
Desde esta perspectiva, la situación argentina no parece demasiado sonriente.
Las resistencias a los avances democráticos en este país fueron –y siguen
siéndolo hoy– enormes. Ya desde los inicios del estado nacional plenamente
consolidado, hace poco más de un siglo, la impermeabilidad a las
reivindicaciones populares fue proverbial en los grupos dirigentes del régimen
oligárquico. Liberales en lo económico y modernos en lo cultural, los hombres
del régimen fueron tozudamente conservadores en materia política, y algunos de
ellos cayeron en la más abierta reacción. El radicalismo se creó levantando la
bandera del sufragio y sobrellevó un cuarto de siglo de luchas para hacer
realidad los comicios libres. Algo semejante ocurrió con la otra gran
experiencia de integración política de las masas: el peronismo. Resistido
obstinadamente primero, tolerado a regañadientes después, más tarde fue
desplazado ilegal e ilegítimamente del poder, proscripto y escarnecido. El
mismo ciclo sufrido por el partido de Alem e Yrigoyen iría a repetirse pocas
décadas más tarde con el peronismo, dejando en ambos casos una herida profunda
y todavía hoy abierta en nuestra sociedad. ¿Qué razones habría hoy para pensar
que esta porfiada resistencia de las clases dominantes y sus grupos y
corporaciones aliadas –la Iglesia y las Fuerzas Armadas, principalmente– han
depuesto sus tradicionales actitudes y resuelto velar por sus intereses en el
marco de la democracia y la juridicidad? Ninguna. Estos sectores ni están
arrepentidos por su pasado autoritario ni, como lo exige la teología católica
de todos los pecadores, han expresado su "propósito de enmienda".
Todo lo contrario. Salvo honrosas excepciones, la alianza autoritaria ha expresado
reiteradamente desde el 30 de octubre de 1983 su orgullo por lo actuado y su
determinación de reincidir en nuevas oportunidades. Si hasta hoy no lo han
hecho es debido a la presencia de una correlación de fuerzas que les impide
reaparecer en la escena política, no por su asimilación al credo democrático5.
En síntesis, las premisas sobre las que reposa la imagen de la transición
democrática son inconsistentes con los enunciados teóricos más fundamentales de
las ciencias sociales y no se corresponden con las realidades históricas y
presentes de este país. Esas premisas se refieren a un tipo histórico de
sociedad que podría existir pero que actualmente es apenas un proyecto. Dejando
de lado la discusión sobre el grado de utopismo del mismo, que depende de muchas
condiciones que no podemos examinar aquí, parece evidente que en el discurso de
Parque Norte hay una confusión entre condiciones y resultados. Lo que se
postula como condición para la construcción de una sociedad de nuevo tipo es,
en realidad, la meta a la cual se pretende llegar. El presidente Alfonsín desea
una Argentina pluralista, tolerante y racional; una Argentina que, en virtud de
la ética de la solidaridad, satisfaga los criterios más estrictos de la
justicia distributiva. Pero ésa es la Argentina posible, no la Argentina
inevitable: hay algunas condiciones que hoy favorecen el logro de una sociedad
mejor, pero el proceso histórico está abierto y los enemigos son muy poderosos.
El desconocimiento de estos obstáculos reales y la representación idílica de la
naturaleza del proceso de transición –sin traumas, sin contradicciones, sin
perdedores dispuestos a echar mano a cualquier recurso con tal de conservar sus
privilegios– son errores que pueden poner en peligro el destino final de la
experiencia de la redemocratización.
La democracia y sus protagonistas
La imagen de la nueva sociedad que surge del mensaje de Parque Norte adolece,
como lo hemos dicho, de ciertas imprecisiones. Pero como no se trata, por
suerte, de un ejercicio meramente académico sino de un discurso político es
posible hacer a un lado estas oscilaciones teóricas y trabajar sobre los
materiales sustantivos que abundan en esta alocución.
Así las cosas, creemos que sería conveniente abordar con mayor detenimiento el
tema de la modernización y sus propuestas concretas. Desde ya que el debate
apenas ha comenzado, lo cual revela –incidentalmente– el retraso de la sociedad
civil en relación con las iniciativas gubernamentales. El tema es importante y
la discusión es necesaria, pero los argentinos hace tiempo que nos hemos
desacostumbrado al debate público. El oficio de ciudadano requiere una práctica
participativa que era simplemente suicida durante muchos años y nos hemos
habituado al papel menoscabado del súbdito, condicionado para obedecer y resignado
a ser un testigo pasivo y sufriente de la marcha de la historia. Esta
exasperante "lentitud de reflejos" de la sociedad civil es un síntoma
grave que denuncia las secuelas de largo plazo del autoritarismo y un obstáculo
para la democratización, que es necesario combatir enérgicamente.
Nos parece que en la propuesta del presidente Alfonsín hay un gran ausente: los
sujetos históricos concretos que habrán de posibilitar la construcción del
nuevo orden democrático. Todo esto es tanto más incomprensible por cuanto el
discurso plantea correctamente, desde sus inicios, que "no hay sociedad
democrática sin disenso; no la hay tampoco sin reglas de juego compartidas; ni
la hay sin participación. Pero no hay además ni disenso, ni reglas de juego, ni
participación democráticas sin sujetos democráticos" (Alfonsín, 1985, p.
13). Además, en el mensaje se subraya el carácter problemático de la
constitución de sujetos democráticos, cosa con la cual difícilmente podríamos
estar más de acuerdo. Pero si esto es así, el diagnóstico presidencial acerca
de las favorables condiciones que ahora facilitarían la modernización debería
modificarse en función de ese señalamiento. La conclusión no tendría por qué
ser fatalmente pesimista, pero debería introducir un sano realismo en la
identificación de los aliados y los enemigos de esta empresa.
Al concebir la modernización como un proceso de cambio que reconcilia los
imperativos de la eficiencia y la racionalidad con los de la justicia, la ética
de la solidaridad y la participación democrática, el Presidente está convocando
a la constitución de una gran coalición reformista. Hay pocos argumentos que
razonablemente se puedan oponer a una invitación de esta naturaleza. ¿Quién
puede seriamente dudar de la necesidad de incrementar la eficiencia y
racionalidad de nuestra economía, de las empresas públicas tanto como de las
privadas? Máxime si la convocatoria presidencial establece que "se hace
necesario aceptar el desafío de la modernización y a la vez despojarlo de sus
peligros autoritarios y de su amoralidad tecnocrática" (Alfonsín, 1985, p.
28). Nadie puede levantar la bandera de nuestro atraso con la esperanza de
constituir un polo alternativo de agregación social y política.
Pero si esto es así, al discurso de Parque Norte le falta todavía hilar más
fino, es decir, identificar más precisamente los actores sociales sobre los
cuales sería concebible apoyar un proceso de transformación social. Un ejemplo
de las dificultades a que conduce esta indefinición se encuentra en el capítulo
dedicado a la "mentalidad colectiva". Allí se ofrece un diagnóstico
muy completo de los males que han aquejado a la cultura política de los
argentinos: El autoritarismo, la intolerancia, la violencia, el maniqueísmo, la
compartimentación de la sociedad, la concepción del orden como imposición y del
conflicto como perturbación antinatural del orden, la indisponibilidad para el
diálogo, la negociación y el acuerdo o compromiso, son maneras de ser y de
pensar que han echado raíces a lo largo de las generaciones a partir de una
histórica incapacidad nacional para la integración (Alfonsín, 1985, p. 19).
Estas características, se señala, han tenido una influencia nefasta sobre
nuestro desarrollo democrático.
Demás está decir que todas estas propensiones y actitudes componen cabalmente
el cuadro de una mentalidad colectiva poco receptiva para la democracia. De ahí
también que la debilidad de la democracia en la Argentina, la precariedad y la
fugacidad de los esfuerzos desplegados hasta ahora por consolidarla, radiquen menos
en sus instituciones que en nuestro modo subjetivo de asumirlas. Se trata de un
problema cultural, más que institucional (Alfonsín, 1985, p. 21).
Sin embargo, tanto el diagnóstico como su corolario requieren una posterior
rectificación toda vez que, en su generalidad, impiden el reconocimiento de las
notas particulares que han distinguido y enfrentado a clases, grupos e
instituciones a lo largo de la historia argentina. Es que la verdad es siempre
concreta, y ésta nos enseña que no todos los actores políticos fueron
autoritarios o maniqueos y que además la fragilidad de las sucesivas tentativas
democratizadoras residió no sólo en nuestro modo perverso de asumir las
instituciones –lo cual es cierto– sino también, y sobre todo, en las fallas
estructurales del capitalismo argentino, que hicieron hasta ahora imposible la
consolidación de la democracia. Se requiere una visión sumamente genérica, casi
diríamos metafísica, para poder obviar lo que todos los argentinos sabemos: que
desde 1930 hasta hoy los adversarios de la democracia se han reclutado en las
corporaciones eclesiástica y castrense, y que fueron hombres procedentes de
ellas los que legitimaron y pusieron en marcha, con el concurso de los grupos
dominantes, las diversas tentativas autoritarias ensayadas en el último medio
siglo.
Desconocer esta evidencia no ayuda a la consolidación democrática. Es bien
sabido que ella fue siempre el resultado de un largo y complejo proceso en el
cual los sujetos del autoritarismo fueron subordinados al imperio de la constitución
y las leyes, sostenidos por una coalición de clases, sectores y grupos sociales
que asumieron los riesgos del conflicto con el propósito de establecer un orden
democrático. Sugerir que todos los actores adolecen de los vicios del
autoritarismo es una fórmula política de dudosa eficacia, aparte de ser
incorrecta como descripción historiográfica. Esta negativa a reconocer la
realidad, obnubila la visión de la política nacional, y la consecuencia final
sería la de que los argentinos –como nación– no nos hemos ganado el derecho a
vivir en democracia. En breve, que no la merecemos porque todos hemos contraído
la peste del autoritarismo. Nos parece que este corolario demuestra
palmariamente, en función del absurdo lógico que encierra, la insanable falsedad
de la proposición que lo origina.
Obviamente que con esto no quisiéramos caer en simplificaciones ni
maniqueísmos. Esta gran coalición autoritaria que nuclea en torno a varias
fracciones de nuestra burguesía a las corporaciones eclesiástica y militar ha
contado, en algunas coyunturas, con un respaldo popular tan sorprendente como
suicida. El precio que las clases y capas subalternas pagaron por haber cedido
ante el canto de sirena de los prepotentes fue demasiado caro como para ser
olvidado: superexplotación, inmiseración, atropello a los derechos
individuales, opresión política. ¿Por cuánto tiempo conservaremos fresca, en la
memoria, la penuria de esos años? No lo sabemos. Lo que si está claro es que la
viabilidad de la democracia depende, en buena parte, de esa memoria. La misma
que permitió a los italianos hacer frente a las Brigadas Rojas sin pisotear el
estado de derecho. Ellos desestimaron el pedido de aquellos que querían aplicar
los métodos del fascismo para enfrentar los desafíos que aquejaban al orden
democrático.
Por otra parte, en la Argentina hubo muchos actores que manifestaron una
conmovedora lealtad al régimen y al credo democráticos. No toda nuestra
sociedad estuvo, ni mucho menos lo está ahora, atacada por el cáncer del
autoritarismo. Vastos sectores de la sociedad civil tuvieron que medirse ante
la desproporcionada correlación de fuerzas que, circunstancialmente, exhibían
los violentos y los fanáticos. Pero esas luchas y su resistencia, a veces
sorda, otra veces violenta, no fueron en vano. Cinco tentativas de
recomposición autoritaria del orden político, con claras tendencias
fascistizantes, fueron derrotadas: en 1930, 1943, 1955, 1966 y 1976 el pacto
autoritario ensayó, con diversas formas y ropajes, sus recetas ultramontanas y
represivas. A un costo enorme y creciente, esa coalición siempre terminó
mordiendo el polvo de la derrota. El país, esta sociedad que todavía conserva
actores democráticos en su seno, la derrotó cinco veces en medio siglo. Sus
figurones de turno terminaron sepultados en el desprecio y el olvido. Son como
esas pesadillas que de vez en cuando se recuerdan todavía con espanto y ahora,
además, los protagonistas de la última aventura están en la cárcel, en un gesto
que nos enorgullece como nación y nos redime como pueblo.
Este breve racconto, que merecería un tratamiento mucho más detallado, habla a
las claras de la vitalidad y perdurabilidad del impulso democrático en la
Argentina. En ese sentido creemos que el discurso de Parque Norte, al señalar
con realismo las debilidades de nuestra democracia eclipsa este otro registro
que también forma parte de nuestra historia. Es cierto que en ella han medrado
los actores autoritarios: una oligarquía liberal en lo económico y reaccionaria
en lo político; una burguesía débil y apocada, siempre dispuesta a asociarse a
los pretorianismos de turno; el capital imperialista, sólo interesado en la
prosperidad de sus negocios; las Fuerzas Armadas, volcadas a un triste papel de
cancerberas de un bloque histórico que consagraba nuestro atraso y dependencia;
la Iglesia, tomando partido descaradamente por la riqueza y el privilegio.
Hubo, naturalmente, honrosas excepciones individuales entre estas clases y
corporaciones. Pero aquí se está hablando de sujetos sociales y no de
comportamientos individuales, y desde ese punto de vista aquellos actores han
sido, colectivamente, los principales baluartes del autoritarismo. Pero también
es cierto que hubo de lo otro: una clase obrera que desde principios de siglo
luchó inclaudicablemente por la justicia y la democracia; el movimiento
estudiantil que impulsó la reforma y la democratización de nuestras
instituciones educativas; los intelectuales, artistas, científicos y técnicos
que pusieron su talento al servicio de los mejores proyectos de transformación
social y que hicieron de la ciencia y la cultura argentinas un ámbito fecundo y
creativo; los millones de anónimos ciudadanos, desprovistos de protecciones
corporativas, que sin estridencias acudieron a las urnas para ejercer el
sufragio con racionalidad y prudencia. Por último, en los años más recientes,
las Madres de Plaza de Mayo y los organismos defensores de los derechos
humanos, que mantuvieron encendido el fuego de la libertad en los momentos más
negros de nuestra historia.
Al revalorizar el papel de la cultura política y su receptividad para las
interpelaciones autoritarias, el discurso de Parque Norte señala un problema
real que los argentinos habíamos soslayado por mucho tiempo. Exagera, como
hemos dicho, la homogeneidad de todo un sistema de valores, creencias y
prácticas sociales, en suma, de un "sentido común", que también se
encuentra clasistamente fragmentado y dividido. Tal vez sería más acertado
hablar de dos culturas políticas: una intolerante, fanática, corporativa; otra
pluralista, tolerante y democrática. Nuestra historia a partir de la primera
presidencia de Hipólito Yrigoyen vio perfilarse, con creciente nitidez, el
hiato que separaba esos dos universos simbólicos y culturales. Hoy la cultura
del autoritarismo está en retirada y la consolidación de la democracia sólo
estará asegurada cuando la cultura del miedo y la prepotencia sea reducida a
una expresión aislada y marginal.
El mensaje de Parque Norte nos invita a esta tarea y también a luchar contra
las "fuerzas antidemocráticas objetivas" (Alfonsín, 1985, p. 22),
cuya ominosa presencia, pese a que no fueron nombradas, no pasó inadvertida
para nadie. La empresa que debemos acometer es formidable y los enemigos, muy
poderosos: el capital financiero internacional y sus aliados locales estrangulan
lenta pero crecientemente nuestra economía; la gran burguesía prosigue su
silenciosa pero fatídica "huelga de inversiones" que profundiza
nuestra decadencia económica; la Iglesia "descubre repentinamente"
las penurias de los trabajadores y los sacrificios de los pobres, a la vez que
hunde sus lanzas en la política secularizadora y laica de la democracia, y los
militares prueban el terreno con algunas calculadas provocaciones, como los
carteles contra los partidos o las cruces esvásticas pintadas en las paredes,
para calibrar la energía de la respuesta gubernamental y los reflejos de la
sociedad civil. Si éstos están vivos y si el gobierno y la oposición
democrática se unen para enfrentar estas amenazas, entonces estos restos de
autoritarismo irán menguando hasta desaparecer casi por completo. El caso de
España luego del putsch de Tejero es sumamente alentador y es de esperar que en
nuestro país tomemos nota de esa lección.
Una reflexión final ya para terminar. Abrimos estas notas con una discusión
sobre capitalismo y democracia. Decíamos también que era necesario establecer
prioridades y que optábamos por la democracia. Ante los que quieren el
capitalismo, aunque para ello deban sacrificar la democracia, el discurso de
Parque Norte hace de ésta la palanca fundamental para lanzar un proceso de
reforma social. En otra parte nos hemos referido in extenso al vínculo esencial
que une la estabilidad democrática con la capacidad de producir reformas
sociales (Boron, 1986[a]).
El régimen democrático se enfrenta hoy, en la Argentina, a un dilema ya
conocido en la larga marcha de las democracias occidentales: reforma o
restauración reaccionaria. No caben las medias tintas. El inmovilismo y el
quietismo gubernamental, junto a la apatía y la desmovilización de la sociedad
civil, sólo servirán para atizar las hogueras de los autoritarios. Está visto
que, a tres años de democracia, la burguesía ni invierte en el país ni
desarrolla el capitalismo. De este modo, las políticas de reforma social se
transforman automáticamente en inflacionarias y por ende en desestabilizadoras.
El debate privatismo versus estatismo, tan caro a la derecha argentina, es
puramente sofístico porque no hay iniciativas burguesas para desarrollar este
capitalismo. No sólo iniciativas: tampoco hay un proyecto de hegemonía burguesa
para la Argentina. ¿Es razonable condicionar el futuro democrático de la
Argentina al cálculo comparativo de la tasa de ganancia de un centenar de
empresas oligopólicas? La respuesta es evidente. La necesidad de una democracia
profundamente reformista también.
Notas
1 Sobre este particular, véase Adam Przeworski y Michael Wallerstein (1986 y
1982, pp. 215-236), Offe (1982), y Offe y Ronge (1978, pp. 34-51)
2 Weber (1958, p. 183). Véase asimismo comentarios semejantes en pp. 91 y 217.
3 Véase, entre otros, M. Crozier, S. Huntington y J. Watanuki (1975), Offe
(1981) y Boron (1981). Sobre el tema de la distribución de ganancias y pérdidas
en épocas de cambio, véase Thurow (1980).
No hay comentarios:
Publicar un comentario