Fidel tenía las mismas particularidades de muchos de los animales históricos de la casa, incluyendo en ellos a los animales humanoides que la habitamos. Mi familia siempre creyó, para bien o para mal, con consecuencias discutibles y a la vez sorprendentes, que los animales eran parte indisoluble de la casa, miembros de trascendencia similar a la nuestra y con casi las mismas condiciones y derechos que todos los que la habitamos conjuntamente con ellos. Ello hizo – perpetuamente – que nuestros animales fueran seres algo mágicos, personales, increíbles. Ahora que lo pienso, tendríamos que hacer un estudio pormenorizado de esta condición de caracteres afines que explique esta duda reflejada aquí.
Así lo fue desde los nombres de nuestros familiares amigos (que siempre resignificó condiciones, interpretes, lecturas, viajes o ideologías, no necesariamente en ese orden), hasta sus acciones cotidianas e extraordinarias de los mismos. Fidel, por tanto, fue bautizado así luego de mi regreso de estudios por la digna y cubana isla caribeña, junto a su desaparecido hermano Moro – por Tomas Moro y su también isla de la utopía -. Supongo, ahora y con el tiempo, que todo tenía que ver con todo, como decía un correcto comentarista deportivo de los ochenta.
Asumía una característica graciosa: como fue nacido y crecido en una quinta vecina a Ezeiza y su Aeropuerto, no sufría en lo absoluto de ruidos molestos a su condición de can. En las fiestas, por ejemplo, jamás se inmutaba de cohetes o artificios como el resto de sus congéneres sabuesos. Cuando mis viejos vendieron quinta y acontecimientos sucedidos, Fidel conoció a Gerli y a su gente. Peregrinó conmigo cuando mis padres se fueron a España, noctambulo y en excesos, por cerca de 9 años y variados departamentos, muchos de los cuales eran auténticos y escasos encierros. Eso nos hizo cómplices, si se quiere, de una secreta condición: la de ser amigos, la de respetarnos y la de depender, en cierta forma y aunque parezca exagerado, uno de otro. Constante, silenciosamente, uno de otro.
La vuelta a la calle de siempre hace 8 años le significó la cercanía al Comité, que esta(ba) a escasos 100 metros de su morada. Fidel descubrió precisamente su otro lugar en el mundo, después de sus playas atlánticas donde pasaba los veranos, porque literalmente anidaba allí, esté quien esté, fuese quien fuese a abrirle, sin pedir permiso ni llevar atributos diplomáticos, como debía ser. Fue un apropiador serial de ese sitio. Cuando no sabíamos dónde estaba, estaba en el Comité. Y con las cosas de un Comité, obviamente. Desde internas, caminantes y campañas, hasta actos políticos, merenderos y chicos, desde asados, noctambulas reuniones y tertulias, hasta alegrías, discusiones de risas y decepciones. Siempre con gentes. Fidel era feliz rodeado de la gente. Con ese derecho subjetivo que supongo se atribuía a sí mismo, de estar, de pertenecer, sin que nadie se lo requiera. Nunca.
Adquirió muchas prácticas, autenticas manías de su personalidad. Destaco una, además de la de autentico militante: acompañante personal en los timbrados, en las visitas a vecinos, en los pedidos de votos y acompañamientos. Supongo que el también, con el tiempo, se hizo parte de los Alfonsines e Yrigoyen de los cuadros, supongo que el también, por esa extraña complicidad, pedía siempre el voto para su querido amigo o para cualquier lista que a este y la gente de ahí se le ocurría apoyar. Le faltaba su ficha de afiliación, claro, aunque en broma, siempre le decían los más viejos, que algún día se la iban a llenar. Después de todo hay internas que votan hasta los perros y, en otras, que ni los perros lo hacen. Me recuerda esto una campaña que hicimos y donde a Fidel, junto a otros más peludos, lo disfrazamos par recorrer centros comerciales con la frase “que no te traten como perro”.
Obviamente uno se sorprendía de la muchedumbre que lo llamaba a su paso. Creo no exagerar si digo que si Fidel hubiera sido candidato, de seguro sacaba más votos que su amigo. Ya sea su nombre, supongo, risueño a las personas, tan personal y barbudo, ya su sociabilidad alegre con todo y con todos, lo hacía sin lugar a dudas popular. Popular en el sentido estricto de la palabra. Se enojaba los días de elección, porque no podía ir al Colegio. Acompañaba, que es lo mismo que festejar o entristecerse de un resultado electoral, después de las 6 en el local Comité.
Lo que no se perdería nunca fue la asunción de su amigo al cargo por el que había caminado tanto, escuchado quejas y ladridos de otros caninos, improvisado explicaciones y pareceres. Por el que había vivido también, en cierta forma. Por eso Fidel festejó conmigo en mi asunción, que también era suya. Y juro como yo por la UCR, Raúl Alfonsín y el pueblo de Gerli. Ese día de diciembre y muchedumbre lo trajeron al Concejo Deliberante, al Comité después, a estar con todos. Lo tenía merecido, después de todo. Merecidísimo.
Fidel tenía un sillón preferido, yo lo sé. Era un sillón de cuero marrón, individual, que tuvimos los dos cuando vivimos solos en alguno de los departamentos, que terminó, por esas vueltas de la vida, depositado en el estudio jurídico delante de casa. Era un sillón donde confiaba su cabeza, de una forma que parece volverme al recuerdo hoy, casi enrollado, casi pequeño, que tengo de esta nadería. Por eso Fidel, sin pedirte permiso, entraba al estudio cuando uno estaba haciendo judiciales escritos y se acomodaba, sin que nadie le pidiera cuentas, en su sillón, acurrucado. Miles de anécdotas me pasaron por este hecho, y otros muchos más, que no viene al caso resumir, y no sé porque lo estoy haciendo, simplemente porque intento fantasear con la idea de que estas líneas sirvan de consuelo tonto, inhumano, casi innecesario, de su partida el día de hoy.
Fidel en definitiva era también así, indescriptible, particular, intimo, inmensamente querible. Una paz velluda y amarronada que trasmitía cercanía, pese a su tamaño, a su hosquedad. La misma que quería recostarse a tu lado, donde fuera, continuamente, con sus dorados, con su mirada limpia, preocupada. Se sentaba en los cafés como otro de los comensales. Se enojaba cuando lo reíamos en bromas. Se preocupaba, en esa condición increíble e imperceptible de los animales, cuando te veía mal. Se enloquecía por viajar o estar arriba de un auto, donde podía permanecer horas sin hacerse notar. Simples cosas pero raras a su condición.
El último año le agarro (o se le profundizó) su displasia, enfermedad que les aqueja tanto a esos hermosos seres de la raza de los ovejeros o pastores alemanes. Sobre todo, los últimos meses, tenia parálisis en la mitad de su cuerpo trasero. Pero igual se las arreglaba, pase lo que pase, llueve o truene, para hacer esos cien esfuerzos hasta su casa radical. Arrastrándose. Literalmente. Cansina pero tozudamente. Remolcándose en dos patas y cruzando la calle, marchando junto a su cuerpo, desagradecido con su corazón, como sea, igual. Donde sea, igual. Como su vida, sin pedir permiso. Revolucionariamente.
Después de todo, debe estar ahora con los cuadros de su otra casa militante, con su amada Carolina, con su vagabundear sin rumbo con los pibes y perros de su querido Gerli. Debe, en cierta forma, estar radicalmente descansando de su trajinar constante, inquieto, de ser leal y partidario, obrero y constante. De no molestar a nadie, ni siquiera en su último suspiro. No tengo derecho a requerirlo. Pero quisiera hacerlo, con alma de niño, con espacio para un último abrazo. Con el que nunca daba besos, pero constantemente te acariciaba, arrumacado, buscando cómplices. Hasta siempre, le voy a decir al compañero amigo, al comandante invicto de cien batallas. Hasta siempre, pezuña saludadora y ladrido compañero, de otro instante, de otro plano, del que muchos no entienden. Hasta siempre, correligionario, incondicional.

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